Uno de ellos era alto, imponente, con lentes gruesos. Había otro que caminaba algo doblado y con ayuda de un bastón. Me angustiaba verlo así, pero su rostro mostraba que estaba en toda su capacidad mental.
Había uno fulo, colora'o, de hablar alto y enérgico. El otro era un cholo grande, con cara de saber mucho.
Yo era un jovencito de apenas dieciocho años, que comenzaba a trabajar.
Mi padre me consiguió un empleo por intermedio de un tío magistrado, en el Palacio de Justicia, ubicado en la Plaza de Francia. ( Ahora allí funciona el Instituto Nacional de Cultura, INAC).
Fui un flamante Oficial Mayor del Juzgado Cuarto del Circuito, cuando todavía no tenía cédula. Solamente un diploma de bachiller.
Mi oficina estaba en el segundo piso del enorme edificio. La Corte Suprema de Justicia estaba arriba, en el último piso.
Cuando tenía un tiempo salía al balcón y mirada hacia esos personajes. En aquella época, los magistrados superiores eran personajes rodeados de una aureola de respecto.
Realmente no sé si habían, o sucedían hechos criticables en la Corte Suprema. Como una entidad de seres humanos, imagino que los tendría.
Pero sus magistrados estaban limpios de cualquier sospecha. Nadie osaría pensar que se pelearían por usar un lujoso auto.
Tampoco que por la prensa se hablara de que les hacen descuentos ridículos. O que sus nombramientos fueron conseguidos por maquinaciones politiqueras, en la Asamblea Nacional. Recuerdo que el hijo de uno de ellos murió cuando comandaba un grupo de cubanos, que invadió Panamá para derrocar al gobierno. Nadie pensó en involucrar a su digno padre en esta aventura.
La Corte Suprema de los años sesenta y la de muchos años más, fue una institución sin manchas, dudas, ni chismes.
Ahora no ocurre igual, lo que es lamentable... Como le decía a mi amigo periodista retirado "Toño" De Sedas, "la pólvora de ahora no quema como la de antes". Con una Asamblea super desprestigiada, un poder Ejecutivo en entredicho, no permitamos que la Honorable Corte Suprema se vaya por el arroyo...