Quiero que recuerdes que estás en camino si sabes a dónde vas y que tu meta es la plenitud total que Dios nos da. Quiero que sepas que tu vida nunca termina de evolucionar, de cambiar, y por eso subes y bajas, gozas y lloras, amas y te sientes solo, aceptas y rechazas, tienes energía y luego decaes, encuentras y luego no hallas. Eso es estar de camino.
Estás en camino y no hay perfección total, sino una búsqueda constante y un caer y levantarte, un día de sol y una noche oscura y fría. Eso es la vida. Estás en camino y cuando encuentras algo, te das cuenta de que no es todo lo que quieres y que nada satisface, nada te llena, sino que te invita a seguir adelante. Estás en camino si sabes donde tienes que ir. Estás en camino si como peregrino en "tierra extranjera" pones los ojos en el cielo y buscas hacerte pleno con Dios.
Qué triste en el caso del matrimonio edificar las estructuras de una vida conyugal basadas en repetir los mismos esquemas de convivencia sin añadir la riqueza de la innovación, la profundidad humana y la sorpresa del amor, petrificando la relación y dando culto a la rutina. Esta a su vez mata la comunión de ambos y cava la tumba donde se entierra el amor.
No estás en camino cuando crees tontamente que ya conoces todo de Dios y no te esfuerzas en adorarlo, escucharlo, meditarlo y llevarlo en todo tu quehacer diario, tomando conciencia de su presencia santa, desbordante, exuberante, maravillosa, luminosa, pacífica. Como consecuencia al final caes en la apatía y en el ateísmo práctico. Ser cristiano de nombre consiste en no superarse, ni crecer, sino esconderse en ritos y ceremonias, en el cumplir la "ley" sin amor y mantener las tradiciones "amarrando a Dios". Jesús sufrió todo eso y por eso se enfrentó al legalismo judío y al culto al templo, haciendo ver que sin amor a Dios, al próximo y a uno mismo, nada de lo otro servirá de nada. El nos da la libertad que nos hace caminar y "correr a ver si alcanzo la meta", como dice San Pablo, afanándome en ir subiendo la montaña, mirando siempre a la cima, aunque no sea totalmente alcanzable.
Estar en camino consiste en ir desprendiéndome de aquello que me estorba y se constituye "en peso muerto", para poder agilizar el paso y seguir el sendero de la perfección cristiana. Consiste sobre todo en reconocer que Jesús es el Camino y que con El podemos vencer cualquier obstáculo en nuestra marcha hacia el Reino, porque con Cristo somos invencibles.