Faltando casi 100 días para el 3 de mayo de 2009, sospechamos que la cajeta de los trapos sucios de uno de los aspirantes a la presidencia se quedará por los hombros; al parecer, no habrá necesidad de sacarlos a la luz. Hasta ahora los ataques por televisión y la radio han sido aceptables y los mismos han logrado su propósito; mientras que en la campaña puerta a puerta, en donde hay que hablar con los electores, ha sucedido lo contrario.
Hasta ahora, el fracaso más grande de las huestes que adversan a Martinelli ha sido venderlo como un loco, loco, loco. Esta es la expresión, esa es la especificación que aparentemente los despistados guías de campaña han preparado para que sus militantes puerta a puerta rompan el hielo al visitar los hogares de los electores, obteniendo por eso, tiradas de puertas en las narices, indignación y respuestas violentas, como aquella escuchada en importantes centros poblacionales como Arraiján y San Miguelito: "¡No importa, aquí todos estamos locos entonces, y vamos a votar por el loco, y qué!". Es cierto, rechazos es lo que por el momento se ha obtenido con tan absurda forma de promoción.
Es elemental que cuando un promotor rutero salga en grupo o solo a vender, por más lego que sea, no debe hablar mal de sus competidores y menos con argumentos que denotan una campaña de pocos recursos, porque con esa estrategia podría perderse aceptación. La forma de vestir y de expresarse también son determinantes. ¿A quiénes va a convencer un mal hablado?
Los que han tenido la oportunidad de venderle, comprarle y cobrarle a Martinelli son testigos de que se trata de una experiencia un poco difícil y a veces hasta jodida. Muchos, incluyéndome, sabemos que este personaje es como es, y a veces hasta peor, pero por sus hechos tiene la grandeza de contagiar optimismo y confianza, atributos que hacen difícil el trabajo de ataque que esgrimen sus competidores políticos. Ojalá que en Panamá ocurra un cambio que enseñe que el trabajo continuo y honrado sí pagan y que el delito y la trampa no.