El calco exacto de lo que es nuestro gobierno, lo tenemos en su excelencia don Liborio García. Ni más ni menos: Incorrupto, buen esposo, querendón de los niños, cumplidor de sus promesas, transparente hasta la médula, trabajador y fiel creyente en la resurrección y en la vida perdurable. No sé si usted, pero cuando apareció en los medios al licenciado Liborio con los ojos cerrados, absorto y rezando, imploro con mucha fuerza por las almas de los tres millones de panameños que hablan mal, tanto de él como de nuestro impolutísimo gobierno.
Yo me puse dichoso cuando los diputados, por fin escogieron al Lic. García como defensor.
Confieso que yo aspiraba a ese puesto y hasta me atreví a presentarme a una ONG, que estaba reclutando aspirantes para ese cargo y más vale que cuando me tocó hablar de mí, de la emoción me salió un "chisguete" de voz, provocando que se dieran cuenta que tan sólo era un buen tipo.
Las asociaciones de damas que se oponen al nuevo caballero andante de nuestro boyante y bien entendido pueblo, deben reconocer que al hombre lo protege una aureola. Como van las cosas de bien en este país de la mente ampliada, gracias a que todo lo resuelve la ACP (Asociación de Caraduras de Panamá), en donde todo es leche y miel y que todas las escuelas de los campos y ciudades están funcionando relucientes y de conformidad con las leyes sanitarias, me atrevo a pensar que, como desagravio por tanta calumnia cometida contra don García, debiese el gobierno madrugarse una nota aliviadora como acostumbraban los ancianos.
Por otra parte, don Liborio García no debe presentarse con esa carita que está con el ánimo en las cutarras, porque todas esas malas interpretaciones se dan, gracias a la malicia indígena que caracteriza al pueblo panameño, que a estar alturas de la patria nueva, no sabe diferenciar entre un gallero tramposo envenenador de espuelas y un atinado caballero.