La Iglesia viene recalcando desde hace tiempo la tarea tan importante que los padres tienen de educar a sus hijos en la fe cristiana.
Lumen Gentiun n. 11: "En esta especie de "Iglesia doméstica", los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo deben fomentar la vocación propia de cada uno, pero con un cuidado especial la vocación sagrada."
Apostolicam actuositatem, n. 11: "Los esposos cristianos son para sí mismos, para sus hijos y demás familiares cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Son para sus hijos los primeros predicadores y educadores de la fe; los forman con su palabra y ejemplo para la vida cristiana y apostólica, les ayudan prudentemente a elegir su vocación y fomentan con todo esmero la vocación sagrada, cuando la descubren en sus hijos."
Los padres han podido notar por experiencia, que lo que se va depositando en el corazón de los hijos pequeños por medio de la palabra y el ejemplo, es definitivo en ellos para toda su vida. Los grandes santos han nacido, generalmente, en el seno de familias profundamente cristianas.
La familia no es una institución autosuficiente ni autónoma en la transmisión de la fe de sus hijos; sino que necesita estar en íntima relación con la parroquia y la escuela -sobre todo si es católica-, que frecuentan sus hijos. El modo informal (a veces ha de ser también formal) de la catequesis que se recibe en la familia se complementa con la catequesis parroquial y la clase de religión del centro educativo. Ya en los primeros momentos del cristianismo, la familia cristiana aparece como transmisora de la fe de los hijos. El testimonio de los padres jugó un papel decisivo, hasta el punto de convertirse la familia en el lugar por antonomasia donde la Iglesia transmitía la fe. Los abuelos, los hijos y otros familiares cristianos están urgidos a transmitir la fe a sus padres y consanguíneos.