Al nacer, sólo estamos conscientes de nosotros mismos, somos el universo. Sólo percibimos nuestras necesidades básicas y si estas necesidades están satisfechas estamos contentos. A medida que nos vamos concientizando descubrimos el mundo que existe fuera de nosotros. Descubrimos que hay personas, lugares y cosas a nuestro alrededor y que éstos llenan nuestras necesidades. En este momento empezamos a reconocer diferencias y a desarrollar preferencias. Aprendemos a desear y a escoger. Somos el centro de un universo que crece y esperamos que nos provea con las cosas que necesitamos y deseamos. La fuente de nuestra satisfacción va, de las necesidades básicas, que milagrosamente son satisfechas, a la satisfacción de nuestros deseos.
La mayoría de los niños, a través de las experiencias durante un período de tiempo, se dan cuenta de que el mundo exterior no puede satisfacer todos sus deseos y necesidades. Comienzan a suplementar lo que se les da con su propio esfuerzo. A medida que su dependencia en la gente, los lugares y las cosas disminuye, éstos comienzan a sentirse más como individuos. Se hacen más autosuficientes y aprenden que la alegría y la felicidad están dentro de nosotros mismos. La mayoría continúa madurando; reconocen y aceptan sus fuerzas, sus debilidades y sus limitaciones, en algún momento, usualmente buscan la ayuda de un poder superior a ellos mismos para que les dé las cosas que ellos no pueden alcanzar por sí solos. Para la mayoría de las personas el crecer es un proceso natural.
Como drogadictos, sin embargo, fallamos a lo largo del camino. Parece que nunca dejamos atrás el egocentrismo de nuestra niñez. Parece que nunca encontramos la autosuficiencia que otros alcanzan, continuamos dependientes del mundo que nos rodea y rehusamos aceptar que no se nos dará todo. Nos autosugestionamos; nuestros deseos y necesidades se convierten en demandas.