Por la mañana, cuando se levanta, se viste con la piel de un asesino. No conoce una forma mejor de hacer su trabajo.
Está convencido de que el único sistema para saber cómo piensa un asesino, cómo diseña sus acciones un mercenario o cómo actúa un criminal, es convertirse en uno de ellos.
Por eso cuando desayuna ya tiene enfundado el pellejo de un bastardo.
En la calle es una sombra. La espalda de algún personaje famoso. El parachoques de un actor o el salvavidas de un cantante de moda. Está en primera línea de fuego, y lo sabe. Es un escudo humano, y debe sacrificar su seguridad personal por la de un individuo con el que, la mayoría de las veces, ni siquiera ha cruzado un par de palabras. Es uno de los más de 1, 000 guardaespaldas que trabajan en Panamá, una gran mayoría de ellos tienen un jefe metido en negocios ilícitos.
SIEMPRE EN GUARDIA
A.J.C. es guardaespaldas y tiene dos tips: cada pocos segundos se toca con el dedo índice de la mano izquierda la oreja en un intento inútil por ajustarse el pequeño altavoz que lleva cuando trabaja. También se palpa con algo parecido a ternura, el bulto que le hace la pistola en la cadera izquierda. Son movimientos mecánicos que realiza de forma inconsciente, sin necesidad de pensar en ellos, sin verse obligado a perder de vista a su cliente, sin dejar de mirar a todo lados.
Vive solo, en un piso del barrio madrileño del Pilar que está a punto de abandonar. Una casa impersonal decorada con fotos dedicadas de políticos y algunas banderas de España. En un cajón, junto a la televisión, guarda un trozo de sábana con dos pistolas: la de trabajar y una de fogueo. Madruga. A las ocho de la mañana ya está en la casa de la persona a la que protege, un político del actual Gobierno. Unos días recoge a su mujer y a sus hijos. Otros está con el jefe. Cada jornada es diferente: algunas las pasa en Madrid, pero muchas transcurren en la carretera. Ha recorrido España, "pero no se puede decir que conozca gran cosa", reconoce. "Vamos del coche al mitin o a la conferencia, luego al hotel, después le acompañamos a comer o a cenar, y de vuelta al hotel. No puedes ni tomarte una copa cuando le dejas durmiendo, porque puede necesitar algo por la noche y tú tienes que estar ahí, al pie del cañón".
"Son mis órganos vitales, mi corazón, mis pulmones.. Sin ellos estaría muerto hace tiempo. Son mis chicos, mi familia", ironizaba, en el Chicago de pecado y whisky de los años 20, un tal Alphonse Capone. Cuando se habla de guardaespaldas se tiende a pensar en alguien con gafas oscuras, nariz plana como la de un cerdo, orejas como buñuelos y el instinto de un neandertal. Eso era antes, en los tiempos en los que el licor era clandestino y el gansterismo la ley. Hoy, el guardaespaldas es un tipo recio, de facciones agradables, vestido con trajes de primeras marcas, con estudios, educado.. De los viejos tiempos sólo conservan las gafas de sol y la pistola.
Un escolta privado tiene fijado un sueldo de unos 600 a 800 dólares en Panamá
En Panamá, para ser escolta privado no hace falta ser "Rambo". Basta con correr 50 metros en menos de nueve segundos y 1.000 en menos de cinco minutos, hacer algunas flexiones, lanzar un balón medicinal de tres kilos de peso. Tampoco es necesario ser Kevin Costner: es suficiente con medir más de 1, 70 metros (los hombres) o 1, 65 metros (las mujeres). Ni siquiera hace falta poseer la sagacidad de Sherlock Holmes. Sobra con el título de graduado escolar o el de Formación Profesional de primer grado.
Los policías se preparan en sus instalaciones, mientras que los privados tienen que buscarse la vida: gimnasios, galerías de tiro, algunos cursos especiales.. Fuera de nuestras fronteras, los guardaespaldas tienen un lugar de referencia: la Academia Israelí de Seguridad e Investigaciones (AISI). Opera con autorización del Gobierno, y asegura estar preparada para dar respuesta a cualquier situación de riesgo.