Desde hace casi una década el pontífice sufría de mal de Parkinson y artritis, enfermedades que le impidieron permanecer de pie sin ayuda.
Durante los últimos tres años, Juan Pablo II tuvo dificultades para completar sus homilías, y se le vio muy cansado en sus apariciones públicas.
Cuando su salud comenzó a deteriorarse, algunos católicos creyeron que había llegado el momento de que el Papa se retirase a un monasterio y se aliviara el peso de sus responsabilidades. Pero el pontífice siempre dejó claro que no tenía intenciones de hacerlo.
Incluso en la enfermedad, Juan Pablo II mantuvo su "extraordinario poder" para congregar multitudes.
En su última visita a su nativa Polonia, Juan Pablo II congregó en Cracovia a una multitud de dos millones de personas.
LOS ULTIMOS MESES
El pasado 24 de febrero el pontífice fue ingresado en el hospital de Gemmelli, en Roma, aquejado de gripe.
Sus doctores decidieron practicarle una traqueotomía para ayudarle a respirar con mayor facilidad.
A finales del mes de marzo, los médicos le colocaron también una sonda nasogástrica para facilitar su alimentación.
Ya el último día de ese mes la salud del Papa se deterioró notablemente, al desarrollar una infección urinaria que le provocó una fiebre alta.
Esa misma noche, el Vaticano comunicó que el Pontífice había sufrido un "colapso cardiocirculatorio" y que su estado era "muy grave".
Poco después el Papa recibió el sacramento de la Unción de Enfermos, normalmente reservado para aquellos que están cerca de la hora final.