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La cultura del olvido

Por: Fermín Agudo A. | Colaborador

Olvidamos no como se estilaba explicar en el pasado, detallando la existencia del malestar en una lenta y común debilitación, ponderando en la desaparición de las huellas que integran el recuerdo. Hoy, se da comprobado que son varios los factores que inciden en el desenvolvimiento causal para que la mente actúe con hospitalidad, recibiendo el nuevo huésped que la fatiga e inhabilita, también la toma decrépita: es la inhibición retroactiva, enemigo irreconciliable que produce mansedumbre e inseguridad.

El pueblo necesita retroalimentarse de los sucesos pasados no dejándolos caer impunemente en el olvido. De este enfado que obra como baldón viven muchos afortunados en Panamá, los vivazos de siempre que tras bastidores se aprovechan de la ingenuidad olvidadiza de un pueblo inerme, haciendo gala de todos los privilegios que les faculta la ley. Aprendemos en una institución educativa que adolece de afincamientos de los conocimientos adquiridos llamada comúnmente la Universidad de la vida. Ella no da, tampoco dice dónde hay. Su metodología es leve sin clamar sacrificios mentales determinantes, razón indispensable para que los conceptos impartidos allí queden acariciados por los brazos temblorosos de la nada.

No puede haber un estudio ganancioso y productivo si el mismo es cubierto con suma rapidez por el velo oscuro y detestable del olvido. Y esta cultura del yo no sé no, es la culpable del sufrimiento que padecemos. Aconsejo un fichero, como lo llevo yo, donde tengo los apuntes de todos los descalabros prominentes cometidos en contra de la salud de la patria. Cada vez que olvidamos pecamos, mueren más niños de endemias y pandemias y la desnutrición cuerea devastando los campos sin alientos. En estos países impera la ley de la selva, el león más grande y feroz se come la mejor gacela, mientras los demás observan, para posteriormente lograr las migajas.

La mente que no retiene es como un sistema a presión con escape, no logra desempeñarse con efectividad y eficacia máxima en el ejercicio de la función para la cual fue ideada. El que olvida cae en el vacío profundo del cenagoso pantano donde reverberan las miasmas en profusión. Parece que nos nutrimos de una sustancia que nos mina la oportunidad de recordar y esa cualidad nos está produciendo grave desconcierto emotivo, restando color y categoría a los sucesos acaecidos.



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