Lunes 24 de diciembre de 2001

 

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Dos tiros en la nuca

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Redacción
Crítica en Línea

Héctor Eduardo Arcos, de 23 años, caminaba solo por la calle Veraguas, en la barriada San Cristóbal de Juan Díaz. Era domingo, y los relojes marcaban aproximadamente las 3:15 de la tarde. Prácticamente de la nada salieron varios sujetos, pistola en mano, y sin mediar palabras le metieron a Héctor dos balazos en la nuca.

El hoy finado llevaba en su bolsillo un enorme fajo de billetes de veinte, que los agresores ni se inmutaron en llevarse. Como siempre, ningún vecino vio nada. Héctor Eduardo Arcos, panameño de 23 años, fue asesinado a tiros este fin de semana en calle Veraguas, San Cristóbal, corregimiento de Juan Díaz.

La muerte de este individuo ocurrió aproximadamente a las 3:15 p.m., y tiene visos de una tradicional venganza o guerra de pandillas neoyorquinas, en vista de que Arcos fue prácticamente emboscado por sus victimarios, quienes pese a que era de día, nunca al parecer "resultaron vistos" por los vecinos y curiosos, quienes como en otros crímenes perpetrados en otros lares capitalinos, mantenían un código del silencio.

Miraban con recelo y furia a los periodistas, reporteros gráficos y camarógrafos, que en forma paciente trataban de armar el rompecabezas noticioso de otro homicidio ocurrido a pocas horas del nacimiento del Niño Dios.

De los asesinos, se sabe poco pues éstos salieron en forma rápida de sitios aledaños a una bocacalle, cercana a un mudo y viejo poste de tendido eléctrico, que miraba cómo en pocos minutos Héctor Eduardo caía abatido al recibir dos impactos de bala en la nuca.

Arcos, a quien apodaban "Purru", era trigueño, vestía una tradicional camiseta blanca, pantalones corto color verde, sandalias color azul y como detalle curioso, en sus bolsillos traseros tenía varios rollos de billetes de veinte balboas y de un dólar, los cuales fueron extraídos posteriormente por agentes de Criminalística de la Policía Técnica Judicial, al quitarle de encima una sabana color celeste.

Estos llegaron a eso de las 4:45 p.m. de la tarde, o sea una hora y 30 minutos después de haber sido ajusticiado este muchacho. No se pudo determinar con claridad, en vista del férreo silencio, si en realidad había purgado condena en La Joya. Trascendió que los asesinos botaron el arma, al consumar el crimen, pero agentes de Homicidios de la PTJ realizaban esfuerzos para ubicarla.

Tras conocerse la tragedia, amigos y parientes de este ciudadano, quien yacía de espalda y tapado con una sabana se lamentaban y lloraban en forma desconsolada. Una de las más disgustadas era una de sus hermanas, que lloraba y en un momento de furia lanzó uno de sus zapatos cerca del sitio donde yacía su pariente, pero un agente policial se lo devolvió posteriormente.

"Purru" seguía tendido en el suelo, y un hilo de sangre corría a ambos lados de su cabeza, en especial cuando agentes de la PTJ decidieron como a eso de las 5:00 p.m. empezar a mover el cuerpo a fin de preparar el tradicional informe policial, tomar fotos y todo esto ante la mirada de una legión de mirones, conformada por hombres, mujeres, niños y ancianos. Días antes a la muerte de Arcos, ocurrió una balacera en ese sector entre grupos rivales.

 

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