La vejez es la peste abrasadora que mina lo viviente y también la materia inerte, en fin todo aquello que podemos ver y tocar. Envejece el hombre, las plantas, los metales e incluso la roca hoyada por la persistencia de la copiosa lluvia. Cuando jóvenes vivimos elevados por las manos invisibles del engaño. pensando que somos invencibles, pero esto no es lo que importa de momento, entremos a los predios obscuros de la vejez.
Caer fulminado y vencido por el rayo de los años es la forma natural de entregar las herramientas y armas que en el largo recorrer de la existencia, nos sirvieron de escudos, impidiendo los reveses que desvanecen nuestros instintos, estropeados por los golpes desafortunados de las décadas.
Al caer la vida hecha noche, nos hacemos esquivos, pensativos y hasta siniestros, es la oscuridad la que concluye la entonada tarea, envolviéndonos en sus entrañas rumorosas y tumultuosas queriéndonos cobrar sin demora los errores cometidos. Arrastrados por la corriente de la derrota, con ojos casi extraviados y la cavilación perdida, inadvertido del paso sordo de las horas, ya no nos queda minuto para reprochar, sólo nos queda tiempo para despreciar, propuestos: A lidiar nuestros entuertos en la pesada arena de lo inabarcable; . Triste combatiente que se resiste a cumplimentar lo que hay a su alrededor que funciona cual hormiguero de espectros que penden del débil pabilo de lo imposible, plasmadas en las ficciones de arengas pasadas, obligadas a pasar por el tamiz de la justicia terrenal, aclamada petición de los años ya idos, cuando se ha perdido la claridad y la prudencia mental. Esta es una forma de explicar el pánico que se apodera de las almas quedando alejadas de toda oportunidad luciente.
Los jóvenes son empujados al abismo por su propia procacidad, en la vejez somos aventados partiendo de la incapacidad. ¡Vélame Dios! Decía Sancho, cuando los hechos acaecidos en su entorno, movían por lo increíbles, las partículas sensitivas de su ser perplejo. Las manecillas del reloj son hoscas e impasibles, no conseguiremos nada tratando de variar su marcha irreversible, implacable e irrevocable.
Los estremecimientos mentales a esta hora casi siempre son el efecto de una imaginación vagabunda que se asila en el cerebro estropeándolo, quedando a merced del olvido sin conciliación. Aumenta la represión y la regresión donde algunos hijos claman la presencia urgente del asilo, de otro modo, cuando reina la ecuanimidad las abuelas las nombran de nanas y los abuelos amos de llaves.