No iba en busca de noticias. Sin embargo, el chofer del autobús me miró y abrió la puerta que nos separaba. Un gesto de preocupación marcaba su rostro. Con prisa me señaló la carretera. Al principio no entendía lo que quería decirme y menos mostrarme.
Agrandé mis ojos para descubrir qué había sobre el camino... Vi a un patrullero, gente a la orilla del asfalto, autos parados y allí... estaba el secreto. Algo que no lograba identificar. Quizás la tensión no me permitía ver claramente el cuerpo sin vida de un hombre. Sobre un charco de sangre, boca abajo y casi desnudo por el impacto estaba una persona. Murió a causa del choque de su bicicleta con otro bus de pasajeros.
Unos metros más allá... la bicicleta. Muda, tirada a la orilla del camino con las llantas al aire. Por esa tarde, ya no cumpliría con transportar a su dueño.
Este fue el escenario real que hace unos días observé en la carretera interamericana cerca de Santiago. Minutos más tarde, la escena de otro accidente vehicular estaba ante nosotros. Sin exagerar, este es el "pan diario" de las carreteras.
La violencia se refleja en estos dramas de la vida. La muerte, como titularon una vez, anda suelta. Cobra sus víctimas por la velocidad e imprudencia de los conductores, ciclistas y peatones.
No se pueden inventar las fatalidades y tampoco ocultar a los demás.
En este oficio de periodistas, tenemos el deber de informar para educar a quienes no siempre están cerca de la verdad en las calles. Es que ahí es donde la más cruda realidad se vive.
En cada accidente fatal, el luto y dolor de una familia no es aislado al resto de los panameños. La perdida de un ser querido causa un vacío a la sociedad. Los protagonistas de estos hechos, pierden igualmente sus vidas al aprender de este modo a tener cuidado al estar en las carreteras. Un vehículo es un arma de doble filo.