Actualmente casi nadie habla del pecado de escándalo. Tradicionalmente se veía el escándalo sobre todo, en la corrupción de las costumbres, las modas provocativas, los espectáculos atrevidos y todo aquello que turbara los hábitos sociales en el campo del sexo y más en el estado sacerdotal y religioso.
Ya nos hemos habituado de una manera tan normal al deterioro social que lo que escandaliza y ofende no es el estado de la sociedad, sino las palabras y escritos de quienes, como Juan Pablo II, denuncian el deterioro real e imparable de los valores morales, el incremento insaciable del consumismo, el hedonismo, la permisividad sexual, alimentada y promovida a todos los niveles, la legalidad de la cultura de la muerte -el aborto, la eutanasia-, promover festejos lúdicos desmesuradamente -el carnaval, entre otros- para caer con mayor peligro en la droga, alcoholismo, sida y que esta situación se consideren como signos de progreso. ¡Qué progreso en tantas familias!.
Ante esta realidad, cada vez más patente, debemos recordar con sinceridad que escándalo en su sentido más profundo y amplio, es todo aquello que conduce a otros a actuar al margen de la propia conciencia.
Escandalizar no es por tanto producir turbación o confusión cuanto incitar a una vida inmoral. En este sentido nadie puede negar que vivimos en una sociedad escandalosa en la que tanto se estimula hacia actuaciones poco humanas y por tanto nada progresista.
Tomado de ECOS DEL MENSAJE - Agosto 2001
Dios te Bendice por solidarizarte con la obra Pro-Fe de tu Iglesia Católica, en bien de tus hermanos más necesitados