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Moraleja: Para el carnaval, no sólo debe cuidarte de los vivos; porque los muertos, también te pueden joder.  |
José Agustín Cedeño era un joven bien vestido, alto y bien parecido, de 22 años de edad. José Agustín no heredó la fortuna de su padre Benito Cedeño quien (descansa en paz)a fue un hombre pobre. Su madre Elidia viuda de Cedeño, con mucho esfuerzo, gracias a que su hijo ganó una beca por puesto distinguido, estudiaba su tercer año de medicina en la Universidad de Panamá; por eso hacía tres años se había ido a la capital, y no había vuelto hasta los carnavales de 1976.
Cuando era niño le gustaba tener parajitos enjaulados; por eso estaba feliz al ver varias jaulas de pájaros colgadas en el alar del vecindario. Era hijo único, sólo tenía a su madre y tres tías que lo adoraban y consentían; esas tías fueron sus chaperonas de siempre.
El sábado de carnaval José Agustín decidió ir a disfrutar los carnavales en Las Tablas, quiso ver las tunas y las carrozas en horas de la noche; y también divertirse en algún baile popular en toldos. A las 8:00 p.m., salió en su auto rumbo a la ciudad de Las Tablas. Al llegar al cerro que está en la misma curva antes del cruce de Sabana Grande, vio a una muchacha sola, muy elegante; estaba esperando bus para dirigirse también al carnaval tableño. El joven se detuvo a su lado y le dijo que él iba para Las Tablas, que la podía llevar. Ella gustosa enseguida accedió y montó el auto. Ya estaban rumbo al carnaval. Cuando pasaban por algún poblado, José Agustín manipulaba la ventanilla del carro, para que cambiara el tono oscuro de la luz en uno ocre para conocer el rostro de su acompañante.
Quedó prendado al ver que era una hermosa mujer con una inmensa cabellera negra, de cataratas de bucles.
La pareja llegó a Las Tablas; él le solicitó que vieran las tunas, murgas y carrozas juntos. Después la invitó al toldo de Punta Fogón, había baile típico. Bailaron, conversaron y por supuesto se conocieron. Ella le dijo que su nombre era Mónica Ríos, hija de Víctor Ríos y Silvia Solano de Ríos, que tenía tres hermanos menores: José, Blas y Arturito.
Entrada la noche, madrugada, Mónica, le solicita a José Agustín que se retiren para sus casas, advirtiéndole que la dejada en el mismo lugar que la había encontrado ya que por ahí cerca está mi casa; y no quiero molestar a mi familia le dijo.
Efectivamente José Agustín hizo lo propio; pero antes le rogó que se siguieran viendo y continuar disfrutando de los carnavales los días siguientes.
Así fue. El domingo, lunes y hasta el martes de carnaval salieron juntos, y él la pasaba a buscar al mismo lugar y a la misma hora.
A esas alturas, José Agustín ya estaba profundamente enamorado de Mónica; fueron tres noches de pura sana diversión.
Llegó el martes de carnaval; al igual que las anteriores noches, la pareja vuelve a encontrarse en aquel sitio; muy cerca de la casa y el taller de ebanistería de don Tito.
Mónica lucía regia con un vestido de “lino blanco”, intachable; pero él no se quedaba atrás, llevaba impecablemente planchada su camisa.
Esa noche, José Agustín pretendía declararle su amor; por eso no la invitó a las tunas y bailes como lo había hecho anteriormente: la invitó a un lujoso y aparentemente tranquilo bar.
El muchacho le habló con una cadencia afectuosa, como preparando el terreno. Pero algo le inquietaba. Un hombre rudo y tosco sentado contra el cancel de la puerta, no dejaba de mirarlos. De repente el tipo se levantó de su taburete... “era un gigante montaraz”. Acto seguido se desató en improperios contra la pareja.
José Agustín tratando de defender a Mónica del acoso entusiasta de aquel grotesco sujeto, se le fue para encima; el vulgar intruso le propinó un derechazo abriéndole una herida en la ceja izquierda, si bien no necesitó de sutura, le hizo manar abundante sangre.
Aunque todo inició con cruces de palabras, la discusión terminó en sangrienta refriega. El vestido de “lino blanco” de Mónica, que minutos antes lucía impecable, quedó manchado con múltiples marcas de sangre de José Agustín.
Así terminó el martes de carnaval para esta pareja quienes pudieron regresar a sus respectivos hogares como en noches anteriores. Antes de que se despidieran, él le rogó que aceptar conocer a su madres y sus tres tías, el Miércoles de Ceniza.
Miércoles de Ceniza, a las 6:30 a.m. José Agustín le dijo a su madre Elidia y a sus tres tías que era muy feliz; porque había encontrado el amor de su vida en los carnavales de Las Tablas. Su madre le solicitó saber de quién se trataba, y de qué familia provenía aquella joven de la que tanto hablaba. El se las describió tal como era; pero al mencionar su nombre y apellido, también el nombre de sus padres y hermanos... “hubo un silencio sobrecogedor”.
El muchacho no comprendía aquello; por lo que se fue llenando de una gran desazón. Su madre le dijo: “hijo, era muchacha hace un año se mató en un accidente automovilístico en el cerro que da a la curva del cruce de Sabana Grande”, lo que su madre y sus tías le habían contado lo envolvió con una aura de incertidumbre. Quedó desconcertado... se dejó caer en un desvencijado mecedor de bejuco. Luego fue a recostarse sobre el horcón del palomero.
Su madre le dijo que lo sentía mucho - “pero si no nos crees anda al cementerio aquí, ella era de Chitré.
Cuando iba hacia el cementerio municipal, los almendros y ficus dormían después del bullicio de los cuatro días y noches del carnaval. Al llegar al campo santo, permaneció en suspenso, con la mano en la aldaba; suspiró... impávido entró.
Siguiendo las indicaciones de su madre para ubicar la supuesta tumba de la muchacha, la encontró. Era una tumba de granito blanco que tenía grandes letras doradas que decían: “Mónica Ríos”. Siguió con la mirada escudriñando la tumba, y observó con horror, un vestido de “lino blanco” manchado de sangre.
Moraleja: Para el carnaval, no sólo debe cuidarte de los vivos; porque los muertos, también te pueden joder. |