La muerte de la ex primera ministra de Pakistán, Benazir Bhutto, a manos de extremistas islámicos, ha colocado a esta potencia del subcontinente asiático al borde de una guerra civil. Lo peor del asunto es que la proliferación atómica ha permitido que este país vecino de Afganistán, Irán e India, posea un arsenal de 58 bombas nucleares.
Bhutto, de 54 años, era considerada como la candidata favorita para ganar las elecciones parlamentarias de este 8 de enero, cuando se preveía la derrota del general Pervez Musharraf, quien gobierna con mano dura a Pakistán, desde 1999.
Musharraf ha sido ahora acusado por los seguidores de Bhutto de no haber brindado equipos de seguridad, mejor protección policial, carros blindados y guardaespaldas para evitar el asesinato de la ex líder pakistaní, algo que culpan al misterioso Servicio de Inteligencia.
En un mundo convulsionado por la volatilidad del crudo, la crisis en Pakistán y la amenaza de que los grupos extremistas musulmanes se tomen el poder en Islamabad, están generando terribles efectos en la paz y seguridad internacionales.
Benazir con apenas 35 años fue la primera mujer en acceder al poder en Pakistán, en 1988.
Desde el asesinato de Benazir Bhutto persiste en Pakistán una ola de violencia que ha costado la vida a 38 personas y pone en peligro los comicios de enero.
Lo que sucede en el país que se proclamó en 1965 como república islámica y que luego en 1973 estableció un régimen parlamentario, tras abandonar el paraguas británico, es altamente peligroso.
La comunidad internacional tiene que actuar y presionar a la democratización de Pakistán, antes de que los fundamentalistas islámicos repitan lo ocurrido en 1979 en Irán, cuando los ayatolá se apoderaron de Teherán.