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EDITORIAL
¿Un día especial?
Un día como hoy, hace 98 años, la panameña empezó a ser sin lugar a dudas ni objeciones una nacionalidad, y quienes la ostentaron pasearon por su plaza central la primera bandera que los distinguiría del resto de los países del mundo. Era una hermosa pieza de costura con tres colores: rojo, blanco y azul, mediante la que se representó el éxito de una de las transacciones políticas de mayor importancia en los 500 años de historia en Panamá.
Muy visible por su color o por su forma, la bandera sirvió ya desde los más remotos tiempos a los pueblos en sus campañas de guerra para distinguir entre sí las diferentes fracciones de sus ejércitos, y para la formación de su orden de batalla. La historia de la bandera, por consiguiente, va unida íntimamente con la de las insignias o signos convencionales usados por los hombres para diferenciarse en sus eternas luchas. Son estas luchas tan antiguas como el hombre, y por tanto, tarea inútil sería empeñarse en investigar cuándo y entre qué gentes apareció la bandera. La primera bandera apareció con el primer pueblo, con la primera tribu que derramó sangre de otra, en la primera batalla.
La necesidad de reunirse para formar un grupo con un proyecto determinado debió suscitar el deseo de usar algo -un objeto, una figura, una imagen- que sirviera de señal para congregarse alrededor de ella. Esta señal, signo de un propósito físico -fácil es comprenderlo- pasó a indicar o sugerir una idea común, un ideal: quedó así creado el símbolo.
La nuestra, y seguros estamos que así piensan de la suya todos los ciudadanos de las diversas naciones del orbe, es más que un pedazo de tela pegado a un palo. Desde un principio fue la insignia en cuyo derredor se congregó la gente que creyó en la paz y en el trabajo. Después de seis guerras civiles, por primera vez los partidos liberal y conservador se sentaron a negociar un proyecto común, crear un país, y lo concretaron. Los mal llamados godos gobernaron aquí con una Constitución liberal, algo inaudito en otras partes del agrietado proyecto bolivariano. Esto se pudo en Panamá, tierra fértil para los planes exóticos: y ese es el mensaje de nuestra bandera: el éxito.
Es un buen día para rescatar ese amor por el pendón istmeño, que tanto hemos perdido los panameños, incapaces hoy de una de las abstracciones más sublimes: ver ondear la enseña tricolor y sentir que se pertenece a algo, a un proyecto inacabado de gloria y triunfos.
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PUNTO CRITICO |
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