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Lastimosamente, esa es la imagen que todo el aparato estatal proyecta. Una mujer en una ventanilla de cualquier ministerio o entidad -sea de gobierno central o municipal-, comiendo empanada, pintándose las uñas o hablando con la de la ventanilla de al lado sobre el episodio de anoche de la telenovela.
Cuando se refiere uno a los empleados estatales (ellos mismos se han bautizado como "servidores"), enseguida viene a la mente una imagen de ineficacia, lentitud, desgano y coima.
Pero ésta, aunque sea la norma, no es de ninguna manera una verdad absoluta. Hay muchos empleados públicos muy bien preparados y capaces, interesados en ayudar, laboriosos, inteligentes y diligentes. No son la mayoría, pero están ahí, trabajando, haciendo lo poco o lo mucho que está a su alcance para que la atrofiada tortuga de mueva.
Aquellos que no son eficientes, si no mediocres, están en una lista mucho más extensa, que acusa pesimismo, que nos cuenta tanto dinero al todos los demás contribuyentes. Cuando uno se topa con este tipo de gente, piensa en lo útil que sería echar abajo todo el aparato burocrático, con el fin de sacar del engranaje a esta gente incapaz, para quedarse con los mejor preparados y más hábiles. El resto... al cesto de papeles. |