Hace seis meses, yo dormitaba recostado a una de las pilastras que sostienen el Brazo de Carlo Magno, en la Plaza de San Pedro. Cerraba los ojos perdiendo lentamente la conciencia, de pronto me despertaba alterado temiendo haber perdido la oportunidad de ver algo importante.
Era como un sueño. Desde mi rincón podía contemplar a miles de personas, que representaban el mundo con toda su diversidad, pendientes de la fumata blanca que anunciara la elección del nuevo Papa.
La idea de que el Concilio se extendiera me mantenía inquieto. Hacia varios días que mis despachos a Panamá comenzaban a ser repeticiones, con leves variantes sobre el clima de expectación y misterio. Algunas notas de contexto denotaban la importancia histórica del acontecimiento.
La muchedumbre que se agolpaba en la Plaza creció a medida que transcurría la tarde. Era curioso contemplar al mismo tiempo, el explícito lenguaje de devoción de chinos, españoles, mexicanos, italianos, indios, canadienses, hondureños, filipinos, etc. montados en una montaña rusa, que en pocos segundos los alzaba al cenit de la emoción cuando la fumata aparecía blanca y al fondo de la resignación cuando cambiaba a negra.
Lo de la fumata fue todo un vacilón. A pesar que se previeron todo tipo de artificios para garantizar una señal inequívoca, al menos en dos ocasiones la gente ovacionó a un Papa inexistente y cuando finalmente eligieron a Benedicto XVI, miles no estaban seguros si la fumata era blanca o negra. Un día después leí un artículo de un periodista inglés que afirmó que el anuncio del escogimiento de Joseph Ratzinger o Benedicto XVI como nuevo Papa, fue recibido con desilusión entre la multitud. Pienso que estaba tan confundido, igual que los feligreses agolpados en la plaza.
Durante la fumata definitiva ya yo estaba parado debajo del balcón principal donde se asomaría el papa. Alrededor mío la gente rezaba el rosario, lloraban, cantaban y gritaban de júbilo.
La emoción llegó a nivel de euforia cuando apareció Benedetto, bendiciendo y saludando. De momento perdía el enlace. La comunicación telefónica colapsaba en forma intermitente dándome apreciables paréntesis de respiro, en una transmisión tan excitante y maratónica que de momento, no sé cuanto tiempo duró.