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Siempre escuché decir a los viejos patriarcas que desearle un mal a otro, casi siempre se cumple, pero en contra de la misma persona que pide ese mal, o sea que se le regresa como un bumerán.
Cuentan por allí, que una señora de nombre Juana, quien residía en una barriada de extrema pobreza, junto a su única, hija de la cual era su madre y padre.
Al morir su esposo, bajó de las tierras altas del distrito de Los Pozos a vivir a Chitré. Pero antes tuvo que vender un terrenito que su marido les había dejado como única herencia allá arriba en la montaña. Con el dinero compró un lote pantanoso en las afueras de Chitré, donde se instaló con su pequeña hija Rosa de tan solo 7 años de edad.
Conforme pasó el tiempo, Rosa estudiaba y crecía buena moza, razón por la cual Juana la sobreprotegía. No la dejaba salir con nadie sola a ninguna parte, menos si era de noche.
La barriada en que vivían era muy peligrosa, porque la mayoría de los vecinos había llegado como ellos, del campo a buscar mejores días en la ciudad, y también se instalaron sujetos viciosos de otras provincias.
Cuando Rosa se graduó de bachillerato, pasó lo que no quería su madre, se enamoró a escondidas. Y es que ella sabía que su madre jamás aprobaría que tuviera novio.
Un día la jovencita se decidió a decirle a su madre que tenía novio, y entonces ardió Troya en aquella casa. A Juana hubo que ponerle alcohol porque se desmayó, y la presión le subía y le bajaba. Eso fue un corre corre que duró todo el día y parte de la noche, y no fue hasta la mañana siguiente que las aguas se nivelaron en aquella casa.
Como Rosa sabía que su madre nunca aprobaría que estuviera enamorada, y menos de Nito el de Laura, que tenía fama de mujeriego, se puso de acuerdo con su novio para escaparse un día a la capital.
Planearon la huida con decisión y sin importarles lo que dijera o le ocurriera a Juana. El plan era fugarse con un amigo de Ñito que tenía un taxi, e irse a vivir a la ciudad de Panamá.
Llegó el momento de la fuga, Rosa preparó un pequeño equipaje, en realidad era una tamuga, donde llevaba lo necesario. Al llegar Ñito en el taxi, con su amigo a recoger a Rosa, la madre de ésta se percató, aunque un poco tarde para impedir la escapatoria; sólo alcanzó a decirle: “aquí has de venir otra vez, pero en un ataúd y cuatro velas”, le gritó su madre.
Todo marchaba bien en la fugaz carrera hacia Panamá. El amor que Rosa decía sentir por Ñito, le había hecho olvidar cómo su madre se preocupaba por ella. Lo único que le preocupó al parecer, fue la horrible maldición que le dijo cuando se fugaba.
Cuando llegaron a la autopista de La Chorrera, estaba lloviendo muy fuerte, la visibilidad era casi nula. Fue entonces cuando el amigo de Ñito perdió el control del carro y se fueron a estrellar de frente con una tractomula, resultando Rosa muerta instantáneamente.
A menos de cuatro horas de haberse fugado con su novio, y de haber escuchado la maldición que le dijera su madre, Rosa regresó a su humilde casa en Chitré, “en un ataúd y cuatro velas”, así mismo como se lo había dicho su madre aquella mañana de agosto.
Nota: Los nombres de los protagonistas fueron todos cambiados. |