Si los pesimistas son difíciles de aguantar, ¿cómo será vivir con un derrotista al lado?
Realmente dan ganas de arrancarse las orejas cuando escuchamos constantemente a esos llorones que siempre están lamentándose por la forma en que los trata la vida, pero que al mismo tiempo, y por cobardía o pereza, no hacen nada por cambiar su situación.
Aquí está la clave: no hacen nada. Sencillamente se sientan a lagrimear y ni siquera queman una neurona para tratar de encontrar una solución (que por lo general, implica un cambio de actitud hacia la vida).
A excepción de aquellos que nacieron en cuna de oro, o los que se ganaron la Lotto de Miami, todo el mundo tiene que trabajar y trabajar duro para ganarse la vida. Igualmente, todos sufrimos en ocasiones decepciones amorosas, padecimientos físicos, crisis económicas, muertes en la familia, imprevistos, peleas con nuestros seres queridos, traiciones, y pleitos legales.
Los llorones y derrotistas se llenan la boca con frases como "¿qué he hecho para merecer esto?", "¿por qué a mí?", y "estoy salado". Y lo repiten tanto, que al final terminan convenciéndose a sí mismos de que en las estrellas está escrito que nacieron para vivir en la lama.
Lo que menos necesitamos al encontrarnos con las dificultades, es sentir pena por nosotros mismos, y buscar la pena y la compasión de los demás. Es un comportamiento que alimenta los sentimientos negativos, nos repele del resto de la gente, y cierra el círculo vicioso del fracaso personal.
Y después de cierto tiempo de quejarse, ya nadie quiere escuchar los lamentos de los derrotistas. Difunden tanto su negatividad, que el resto de la gente comienza a apartarse, por miedo de quedar infectados por el virus de la derrota.
La diferencia entre los valientes y los cobardes está en levantarse luego de los tropezones, y avanzar ante los obstáculos. La gente con verdaderas ganas de echar para adelante está demasiado ocupada en asegurarse sobre lo que tiene que hacer para andar lloriqueando.