A menudo nuestro corazón esta cerrado a la acción salvítica de Dios. Nuestros oídos están cerrados a la escucha de la Palabra de Dios y por tanto nuestros labios son incapaces de anunciar mensajes de liberación, de justicia, de paz y de amor. Jesús se hace presente una vez mas en nuestra vida y en esta ocasión para capacitarnos como auténticos discípulos y apóstoles: abriendo nuestros oídos y nuestros labios, todo nuestro ser, para que anunciemos aquella Palabra que hemos oído, que nos ha ido revelada.
La eficacia de la Palabra
El evangelista san Marcos sitúa a Jesús en Galilea, concretamente en la Decápolis, región habitada por paganos, lo cual ya es una referencia alusiva a la apertura del evangelio hacia toda criatura humana. Podríamos señalar también que el relato que hoy nos ofrece la liturgia esta enmarcado por el llamado "secreto mesiánico".
De hecho, Jesús lleva al sordomudo aparte de la gente y una vez curado le manda que no le diga nada a nadie. Nótese además como el elemento fundamental del relato es religioso y se hace explicito a través de los gestos de Jesús: el de la mirada al cielo, que hace referencia a la oración al Padre, y el de la palabra eficaz (Ábrete) que nos evoca la orden divina de la creación (Hágase).
Prestemos mucha atención a no interpretar los milagros de Jesús como un prodigio espectacular, como un simple "show". A través de este signo, Jesús quiere hacer un acto que transforme la conciencia de la persona. En efecto, en el lenguaje bíblico los oídos sordos simbolizan un corazón indiferente a la Palabra eficaz de Cristo. Pidámosle hoy al Señor que cure nuestra sordera y que abra nuestros labios para proclamar un canto.
Ningún poder humano frene nuestro fervor misionero y evangelizador, como los interlocutores de Jesús que "cuanto más se lo prohibían, tanto más ellos lo publicaban".