La venta de raspa’o es una actividad tradicional que por muchos años se ha desarrollado en la ciudad de David y de la cual dependen varias personas.
Desde el cierre del Parque de Cervantes, los vendedores no lograban alcanzar una clientela fija donde pudieran vender sus productos, pero con la huelga de educadores y los cierres de calles han aumentado sus ganancias.
¡QUé SIGA LA HUELGA!
Que siga la huelga es el pensamiento de los vendedores de raspa’o, que son los únicos que en cuatro semanas han logrado una clientela fija, porque los educadores para controlar su sed optan por este producto que es barato y cumple una función.
En la ciudad de David, el bastión de lucha, como lo llaman los docentes, es la Escuela Antonio José de Sucre y desde allí, como una forma religiosa, los vendedores de estos productos acompañan a los docentes en sus caminatas, que generalmente se registra en horas del mediodía.
A pesar del intenso calor que hace la mayor parte de los días a esa hora de la mañana, los vendedores con sus casitas móviles se protegen de los rayos ultravioletas, pero hacen su negocio.
BUENAS GANANCIAS
“A veces me he ganado más de B/.40 por día, por eso es que sigo acompañando a los maestros y profesores en sus marchas, porque mientras ellos caminan , yo sigo manejando mi carretilla porque mi negocio es vender todo lo que pueda “, dijo Luis Caballero después de vender 10 raspa’os.
La cara de felicidad era evidente, los maestros entre más se enfurecían a gritar más consumían el producto, por eso las carretillas no se pueden alejar de las manifestaciones.
Otros observaron que el negocio es bueno y llegaron a vender chicas, sodas y pipas. Pero el fin es ofrecerles a los educadores un producto para que refresquen su sed.
Y otros educadores también jugaron vivo. Unos se quedaban en el grupo de los rezagados, sentados en su carro, mientras que otro grupo seguía en el bastión de lucha.
Sin embargo, otros educadores fueron más allá y consiguieron una bicicleta para acompañar la marcha diaria y caminar menos. Tanto las marchas como las filas paralelas de los educadores por las calles de David, siguen siendo el blanco perfecto de los vendedores de raspa’o.