Desde siempre, en Panamá hemos vivido en un sistema electoral consagrado a favorecer los partidos políticos; un círculo perverso que impide el surgimiento de agrupaciones y movimientos políticos independientes.
Históricamente, aunque al parecer existan diferencias fundamentales entre los partidos políticos, el hecho es que éstos, según convenga a su propósito de alcanzar el poder a como de lugar, siempre terminan formando alianzas y haciendo acomodos con sus antiguos rivales. Tal vez, el ejemplo más gráfico lo constituye la mancuerna que en las pasadas elecciones formaron el PRD y los demócratas cristianos, dos rivales, supuestamente esencialmente antagónicos.
Por disposición constitucional, reforzada por las disposiciones monopolísticas desarrolladas en el Código Electoral, los partidos políticos disfrutan de ventajas desmesuradas cuando de luchar por el poder político se trata.
Si bien la última reforma constitucional, abrió la posibilidad de las candidaturas independientes para diputados; de hecho, el sistema electoral vigente está plagado de obstáculos destinados a anularlas.
Actualmente, una comisión, dominada por los partidos, discute un proyecto de reformas al Código Electoral; pero allí ni siquiera se ha considerado discutir cómo propiciar las candidaturas independientes, porque a los partidos, como es fácil suponer, ese tema no les interesa. Para democratizar el sistema electoral panameño, es necesario romper ese círculo perverso; y como de los partidos políticos nunca saldrán las iniciativas encaminadas a ese fin, corresponde que las introduzcan los representantes de la sociedad civil y el propio Tribunal Electoral. ¡Si es que se atreven!