Después de la larga prédica, le dije que esperaba que cambiara de oficio. El recién salido de la cárcel la Joyita con tres meses de lecciones tras las rejas, consideraba superada su tosquedad de ladrón y aprendido todo el camino crítico para desvalijar residencias y pequeños negocios. Decía maravillado que más importante que el arma, el carro y los compinches de confianza, eran los datos. Su lista de contactos adquiridos incluía supuestos policías de rango, abogados y jefes de bandas independientes.
Los datos son fáciles de obtener. En Panamá la gente es confiada y habla demasiado... Generalmente los que pasan informes efectivos son funcionarios claves, amigos, empleados y conocidos de las posibles víctimas, que brindan valiosos conocimientos a los delincuentes.
Es fácil observar a ciudadanos contando a cualquier peregrino éxitos financieros propios y familiares. Cuando se vende un terreno ¡todo el mundo lo sabe!..., igual cuando se pagan planillas, se recibe dinero por lotería, comisiones y buena chamba.
Es preocupante que en este campo feliz de atracadores, la variedad de delincuentes sea tan grande y los profesores de las cárceles tengan como aliado al tiempo de la juventud descarriada, para ganarse la vida instruyendo en sus respectivas materias, que académicamente cubren: Carteristas, tumbes, aduanas, domicilios, chinitos, taxis, asaltos a mano armada y principios de secuestro. Existe la posibilidad que ante la horrorosa inconsistencia gubernamental, el Instituto Panameño para la Delincuencia (IPADE), por sus siglas en inglés, importe con urgencia notoria maestros para las especialidades que faltan.