La liturgia del XIX domingo del tiempo ordinario nos invita a abandonarnos en las manos de Dios y a esperar con el corazón contrito y con los ojos abiertos la venida del Señor. Es necesario estar continuamente vigilantes con entrañas de misericordia, con disposición asidua de agradar al Señor, con ojos encendidos como lámparas que no pierden el contenido que las hace brillar en la oscuridad y trabajando siempre en la búsqueda incansable del reino de Dios.
Aún cuando el hombre es débil y propenso a cometer el pecado, en él también existe el bien que se manifiesta en la acción concreta de saber administrar los bienes que el Señor ha puesto delante de sí y en el reconocimiento de quien espera diligentemente en Aquel que se entregó por nosotros en la cruz.
PREPARARSE PARA LA VENIDA
El Evangelio de Lucas presenta la manera como se ha de preparar nuestro corazón y nuestra vida para recibir al Señor en su segunda venida.
El tener las lámparas encendidas simboliza el trabajo continuo por dejar a un lado el mal o el pecado que nos acecha continuamente. Cristo siempre pone en manos de los hombres los elementos y bienes necesarios que lo ayudan a construir el reino y preparan la boda celestial de los que esperan en el Señor.
Prepararse para la venida del Señor es saber administrar bien los recursos y dones que el Señor nos ha dado. Es disponer todo el ser y la vida de cada uno para ponerse al servicio de las personas y de Dios.
Es dejarse instruir y escuchar la voz del Espíritu Santo que continuamente nos enseña a amar a Dios y a los hombres. En últimas, es reconocerse pecador en las manos de Dios que es infinita misericordia y que acoge al hombre y lo conduce hacia la bienaventuranza eterna.