La vida es una escuela de ganancias sin terminar para algunos, otros la toman como una sarta de escondrijos muy particulares llevados a la cruel realidad como el gato y el ratón.
No sirve de nada para los que promulgamos el religioso credo, divulgando desde la cima esplendorosa del pensamiento nuestros apotegmas, si el viento huracanado traslada el mesurado mensaje hacia los intrincados parajes del infinito imprevisto. Semejante a la evidencia que nos confirma el estruendoso fracaso, aunado de los leves esfuerzos de falsas reconciliaciones. Coaccionado por los contradictorios resultados que son, si no añejos, resabios, confieso que es mejor delegarles esta preocupación a otros alejados del amor por las masas desheredadas que me han servido de estímulos, siendo el norte de mi acrisolada existencia.
Tenemos 105 años de vida independiente y el panorama político y social continúa inalterable, reacio a experimentar nuevos cambios sustantivos que provocarían en nosotros el abocamiento a las normas de estrategias de tipo funcionales, eliminando las amarguras que producen todo lo implicado en el ámbito tradicional de las viejas peroratas, sustraídas de sentido, con ausencias de los típicos ribetes emocionales.
La historia es negligente cuando cree ser invadida por el irremediable infinito, las minucias no son tomadas en su agenda, so pretextos de caer inundada por las insignificancias que contravienen sus propósitos. Aquí lo que se ha necesitado siempre es un gobierno que actúe tomando las iniciativas contundentes, como apostolado sincero conservado por respeto a la verdad.
El mundo ha sido rectificado por los hombres representativos de la soberanía del ideal. El crepúsculo nos arrastra hacia las tinieblas, la aurora hacia la luz. El destino de la patria es nuestra aurora, involucrando lo palpitante en las mentes destinadas a pensar en el futuro benefactor del país. Abrumado como un porfiado en claro desafío de las reglas de la lógica, atosigado entre los ruidos sordos y confusos de los escándalos detestables.