Este domingo celebramos la solemnidad de Pentecostés. Dios Padre y su Hijo Jesucristo nos envían al gran Consolador para que nos llene con su presencia y fortaleza de manera que podamos anunciar con ahínco el Evangelio de vida.
Él nos ayudará a entender todos los signos que son de difícil comprensión. También ha venido para consolar nuestras desdichas y llenarnos de sus dones.
El Espíritu Santo es el amor que el Padre deposita en el Hijo y viceversa. Con Él se completa la comunidad perfecta: la Trinidad.
Jesús nos trae la paz y nos envía su Espíritu.
El primer día indica el domingo, en el cual aconteció la resurrección de Jesús. También la victoria de Cristo sobre la muerte. Estaban escondidos porque tenían miedo, se sentían intranquilos y no entendían las maravillas de las enseñanzas del Señor. Jesucristo les trae la paz que ellos no habían podido abrazar a causa de las angustias y frustraciones que sentían con la muerte del Maestro.
Se alegran al verlo, en sus corazones habita el gozo que produce contemplar la gloria de Dios y ser invadidos por el Espíritu.
Cuando resucitamos con Cristo, nacemos a nueva vida, en El Espíritu que es todo paz y amor. Después que acontece esto, estamos preparados para ser enviados por el Maestro a pregonar el Reino bienaventurado del Padre.
Dios nos ha enviado a la tierra para una misión específica; ésta la hemos de llevar a cabo mediante el auxilio del Espíritu Santo que siempre está donando carismas a la Iglesia, en sus personas.
Que la valentía y sabiduría con la cual el Espíritu fortaleció a los Apóstoles, invada nuestra vida para que no desfallezcamos ante las adversidades que nos presentan la vida y el mundo.