Benedicto XVI asumió ayer su papado, proyectado una imagen más suave a la que se había ganado como titular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera de la antigua Santa Inquisición.
Aunque en su primera homilía, Benedicto XVI no brindó mayores luces sobre sus programa, sólo se limitó a decir que no pretende hacer su voluntad ni seguir sus ideas, sino dejarse conducir por Dios.
Sin embargo, horas antes de ser elegido como Sumo Pontífice se comprometió a proseguir el trabajo trazado en el Concilio Vaticano II, promover la unidad de los cristianos y trabajar por la paz en el mundo.
El nuevo Papa se amparó en palabras de Juan Pablo II, cuando hizo un llamado a la juventud para que no tuviera miedo al Cristo que no quita nada y todo lo da.
El nuevo Papa también entendió que la Iglesia debe estar más cerca de los fieles y por eso recorrió la Plaza de San Pedro a bordo de un vehículo descubierto, recibiendo el aplauso de la multitud.
Aparte de los problemas con su férrea imagen, Benedicto XVI debe enfrentar los problemas financieros de El Vaticano, que desde el año 2000 muestran déficit, después de 8 años de ganancias. Ya en el año 2003, el déficit era del 6 por ciento.
Pronto también se espera que el Papa promueva una discusión en torno al derecho a la comunión para los divorciados, en base a un documento que el propio Pontífice preparó cuando era cardenal.
La medida buscaría atraer a miles de católicos del mundo, que se han vistos excluidos de la Iglesia a causa de un fracaso matrimonial.
Hay quienes cuestionan que personas que están en la cárcel por cometer graves delitos pueden recibir el sacramento tras el arrepentimiento y un divorciado no.