La pobreza es un fenómeno social que se detecta con mayor precisión en las áreas rurales del país, como en las zonas marginales de las dos grandes ciudades terminales: Panamá y Colón.
Me inquieta adentrarme en este penoso mundo de vorágine que en el fondo es peor que una enfermedad terminal, pues se sufre desde el nacimiento hasta exaltar el último suspiro; sé que algunos males decisivos pueden comenzar en las medianías de la vida.
De acuerdo a los entendidos, aquí no debiera existir un solo desheredado de la existencia, pero los factores que inciden en el comportamiento económico distributivo de la riqueza, influyen empujando al individuo a los paupérrimos parámetros, proclives a la desesperación y el dolor.
En los campos, el campesino ha perdido sus tierras de labranzas, vendidas al menor postor, suscribiendo esponsales con el vicio y la depravación que lo sumergen en un piélago de indiferencia y menosprecio. No hay un fin de semana que no hayan fiestas en muchos sitios del interior y un hombre fiestero es totalmente improductivo.
Ya en el interior, donde se pudiera valorar el esfuerzo agrícola de las sudorosas manos del hombre campestre, los campos reflejan el verdor de vastas extensiones de cultivos, fruto de la mecanización que ha reemplazado el sonido vibrante del filoso machete; esos caseríos son ruinosos espectros de lo que fueron un día, denunciando una dispersión menguada de su población, como el cuerpo víctima de franca declinación física. Panamá es un país rico con pésimas desigualdades en la distribución de las riquezas terrenales, pero, qué hacemos sabiendo esta receta si aquí lo que reina es la desorientación en los más destacados niveles.
En esta área, la educación es capital, su estado, no permite que se desarrolle un alto nivel de productividad del recurso humano. Considerando todas estas condiciones, el pobre labora para comerse el fruto de su trabajo en el día a aquel que posee abundancia, sobrándole para lujos, conociendo parajes que el otro ni en sueños los puede concebir.