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Yin Carrizo junto a la inolvidable Catita de Panamá, en una tarima dentro de los populares toldos típicos.  |
Por algo el sancocho es el plato más representativo de la cocina típica panameña. Suculento, sencillo, nutritivo y sin muchos aderezos. Sólo un poco de agua, gallina, si es de patio mejor; ñame, pocas especias; algo de culantro y un poco de sal al gusto bastan para dar a este plato ese sabor tan sabroso y panameño. Si se le agrega más no sabe lo mismo y deja de ser sancocho.
A nuestro parecer algo semejante le ha pasado a nuestra música típica, ya no tiene ese sabor a sancocho, a sazón auténticamente nuestra. Se le han agregado un montón de condimentos, que aunque no saben mal no tienen el mismo gusto para el paladar de muchos panameños.
Ese pindín que nació allá en lo profundo de nuestra campiña, en los pueblitos perdidos entre cerros, colinas, ríos y montañas ha perdido el gusto de la cocina preparada en los fogones de leña, para cambiarlo por sonidos “comercializados” y tecnologías sintetizadas.
A mi que me dejen la cumbia añeja, esa que se ejecutaba hace sólo un par de años, en donde la expresión de las teclas de un acordeón e instrumentos acompañantes eran el sentimiento más puro que manaban del alma interiorana.
Que me dejen con la cumbia, cuyo mejor “aderezo” era la saloma picante y contagiosa como la de la “Morenita de Purio” Eneida Cedeño, Catalina Carrasco, Lucy Quintero o Dorita Peña.
Esas cumbias con puro sabor a monte, a tierra mojada, a sonido de ola rompiendo en las playas vírgenes; similares a silbido de campesino entonando unas notas para espantar al miedo o la fatiga.
Esas cumbias puras, hermosas, alegres o melancólicas que le llegan a uno hasta la última médula de la existencia y le hacen identificarse con cada grano de tierra que forma esta patria bella y centenaria llamada Panamá.
Si me dan a escoger yo me quedo con esas “rústicas” pero emotivas piezas musicales que ahora son himnos inmortales y que ejecutaran célebres titanes de las teclas como Gelo Córdoba, Claudio Castillo, José Vergara, Nano Córdoba y muchos otros que escapan a nuestra memoria.
Pocas son las estaciones y programas radiales que en la actualidad le dedican espacio a esas bellas interpretaciones que quedaron en el recuerdo registradas en los añorados discos de acetato. Sólo unos cuantos tienen la fortuna de poseer una rica colección de estas inimitables manifestaciones de nuestra cultura popular expresadas a través de los fuelles de un acordeón.
Merecen un público reconocimiento estaciones radiales como Radio Panamericana y Radio Sonora, que en su programación contemplan la emisión de toda esa música típica de antaño que muy poco se puede escuchar ahora. Es obligatorio citar al “curtido” comunicador social José Angel Santana, quien domingo a domingo dirige en Radio Sonora “Por los Senderos de mi Campiña”.
Pueda ser que programas como esos nunca mueran, porque sería condenar a la extinción las raíces que han dado identidad a nuestra música típica. Son muchos los que desconocen la existencia de artistas con sus conjuntos que en su momento ocuparon una posición cimera en nuestra música.
Por nada cambiaría una selección ejecutada por “Chichito” Vergara, Teresín Jaén, “Pepo” Barría, conocido como “El Ciclón Veraguense”, Ñito Lazo, Lorenzo Castillo, Papi Brandao, Yin Carrizo, Isidro “El Huracán” Pití, Ceferino y Chalino Nieto el “El Tigre” Victorio Vergara o cualquiera de los muchos acordeonistas que aún se mantienen de pie en una tarima.
Muchas de las piezas interpretadas por estos artistas se han convertido en verdaderos himnos que cuando son escuchadas le provocan a uno un hormigueo que le sube por los pies y le sacude el alma, motivándole a echá una verdadera cutarreá apretando duro a la pareja.
Pueblo Nuevo, Me Voy Pa´ la Loma Azul, Barranco del Río Muñoz, Calla Corazón, Calla, Adonay, A Orillas del Río, Te Veo el Domingo, Amor Sentimos los Dos, Quedarás en mi Recuerdo; son sólo algunas de esas melodías que perdurarán por siempre y nunca pasarán de moda. |