NUSTRA TIERRA

CUENTO
Miguelito: el sacristán del pueblo

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Ansabaquin París
Nuestra Tierra

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Moraleja: Cría cuervos y te sacarán los ojos.

Un niño de siete años de edad de familia extremadamente pobre, vivía allá arriba en la montaña de la provincia de Herrera. Su nombre Miguel Santana. Era el sexto de diez hermanos. Tenía edad para iniciar sus estudios en la escuela primaria; sin embargo eso era imposible, por la pobreza que cubría a esta familia que a duras penas comían una y con suerte dos veces al día.

Un domingo en la mañana doña Laura apareció por aquellos lares, cuando acompañaba a uno de sus hermanos buscando terneros para comprar y luego cebar la venta; le llamó la atención aquel chirquillo. Esto motivó que los padres de Miguel le solicitaran a doña Laura que se llevara al muchacho y que se lo educara. Doña Laura aceptó y se trajo a Miguel para Monagrillo, en Chitré.

Doña Laura era una mujer pudiente, hija de ganadero terrateniente, por lo que vivía muy bien. Tenía propiedades, dinero en el banco y era extremadamente religiosa. Era una de las que más colaboraba con las cosas de la iglesia.

Laura siempre fue solterona; pero era feliz, porque tenía a una niña adoptiva llamada Marta, a la que decía que era su más preciado tesoro. Ahora tendría dos hijos adoptivos, Miguel de siete años y Marta de nueve.

Pasó el tiempo, los niños crecían. Marta era hermosa y Miguel en cambio era feíto, lleno de acné en la cara; caminaba como pato; tenía las rodillas juntas y los tobillos separados.

Miguel se acostumbró a estar metido todos los días en la iglesia ayudando al párroco del pueblo. Prendía las velas, las cambiaba, barría la iglesia, limpiaba y vestía a los santos; recogía la limosna; tocaba la campana; en fin era como un ratón de iglesia.

Doña Laura viendo que Miguelito tenía vocación de sacerdote, por aquello de estar metido todos los días en la iglesia, decidió enviarlo a la capital del país a estudiar para padre, cuando terminara el bachillerato.

Así fue, doña Laura envió a Miguelito al “Seminario Mayor” y a Marta a la universidad privada. Doña Laura era más feliz porque sus dos hijos (adoptivos) estuvieran encaminadas a estudiar una carrera que los haría profesionales e independientes.

Pasaban los años; a Marta le faltaba poco para titularse de Abogada; por el lado de Miguelito, al parecer las cosas no estaban bien.

A doña Laura le llegaron informes de que Miguelito andaba por mal camino allá en la ciudad de Panamá. Le dijeron que lo habían visto en varios ocasiones salir de discoteca en discoteca a altas horas de la noche. Que le gustaba mucho la cerveza, seco y que fumaba más que un murciélago; y como si fuera poco andaba con gavillas de maleantes; y que eso del “Seminario Mayor”, era sólo una pantalla para recibir el dinero que religiosamente le mandaba doña Laura. Todos estos informes, su madre adoptiva se negaba a creerlos. También decía que su hija Marta no tendría novio, hasta que no se titulara de licenciada.

Estas historias de Miguelito, no dejaban dormir a doña Laura, la que se resistía a creerlo. Sin embargo, un fin de semana los hizo regresar a ambos. Preparó una cena familiar con algunos invitados allegados a la familia. Mientras cenaban, doña Laura no hizo más que hablar de lo feliz que la hacían Miguelito y Marta. No mencionó en ningún momento de lo que le habían dicho de su hijo; al contrario, alabó el hecho de que pronto en la familia habría un sacerdote. Era que ella quería hablar de lo otro, con su hijo al día siguiente.

Doña Laura esperó que fuera la mañana siguiente; y a eso de las 9:00 a.m. tocó a la puerta de Miguelito; pero éste no le contestaba. Abrió la puerta y su sorpresa fue ver que su hijo no estaba; tampoco la maleta que había traído del Seminario Mayor. La cama estaba intacta porque nadie la utilizó durante la noche.

La mujer comenzó a ponerse nerviosa. Se dirigió luego al cuarto de Marta; encontró la puerta sin lleve; entró, y también se percató que marta no estaba, tampoco su maleta, ni los cosméticos en la peinadora, el closet estaba vacío. La cama tampoco había sido utilizada durante la noche. Miró al piso y sólo vio un par de viejas pantuflas que pertenecían a Miguelito. Allí fue donde se percató que ambos se entendían a sus espaldas y que se habían fugado como amantes tras el velo inquisidor de la noche.

Doña Laura tomó una de las pantuflas, se le apretujó al pecho; y le salieron tres lágrimas: una por Marta, otra por Miguelito y la tercera por la traición que ambos le jugaron cuando ella quiso y luchó para que tuvieran lo mejor y fueran ciudadanos de bien. Nunca pensó que Marta, su hija mimada y Miguelito, el “santito” sacristán, le harían semejante desplante.

MORALEJA: CRÍA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS

Una vaca llevaba varios días de estar atascada en el fango; estaba sin fuerzas a punto de morir. Unas personas pasaron por ahí y le ayudaron a salir del atolladero; lo primero que hizo el animal después de ponerse en pie, fue corretear y cornear a sus salvadores.

Lo que hicieron Marta y Miguelito con doña Laura, es semejante al “pago de la vaca atollada”.

 

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