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Glen pudo, también
usted

Romuloo Emiliani
Monseñor
Y usted dice
que no puede, que no puede por asuntos de salud, que no puede
porque no hay oportunidades, que no puede porque es muy pobre
y se pasa la vida diciendo no puedo. Siempre tiene un pretexto
o excusa para decir que no puede por algún motivo. Lea
esta historia y reflexione:
Anécdota: Un día cálido de agosto de
1951 un carro que llevaba a cinco jóvenes volaba desenfrenado
sobre un camino serpeante. Glen Houlder de 17 años viajaba
en el asiento trasero del automóvil que patinó
y se accidentó; los cuatro amigos fueron llevados al hospital
y Glen fue dado por muerto. Cuatro horas más tarde regresaron
por él y al tomarle el pulso se percataron de que estaba
vivo. Glen había quedado tetraplégico (consecuencia
de un nervio que controla desde el cerebro las actividades motoras
del cuerpo). Cinco meses habían transcurrido y Glen le
pedía a Dios morir y se retiró de todo contacto
con el mundo. Estaba sumido en un profundo estado depresivo,
motivo por el cual fue trasladado a otro hospital.
Fue puesto bajo un programa enérgico de trabajo y fisioterapia,
mas Glen no mostró ningún deseo de ayudarse y su
condición empeoró. Un día una enfermera
atractiva llamada Jean Rogers, entró a la habitación
de Glen y le dijo: "¡Hola gruñón, piensas
quedarte así todo el tiempo?". Glen la ignoró
e inclusive le causó molestia y amargura ver la alegría
de vivir y vitalidad de Jean. Desde ese momento Jean no claudicó
e inició su tarea diaria de insistir para que Glen usara
la silla de ruedas, hasta que con mucha paciencia lo logró,
luego de un año.
Este fue el primer signo de que el deseo de vivir volvía
a renacer dentro de él. El primer paso había concluido,
pero aún restaba un obstáculo difícil de
superar. Había en él una carencia de interés
en cualquiera ocupación. En sus años de escuela
Glen había tenido grandes dotes en el arte de la pintura,
pero esto era, según pensaba Glen, parte de su pasado.
Un día hundido en las angustias de la melancolía
sintió algo en su interior que le hizo pedir los materiales
para pintar. Todos se preguntaban si podría. El, mientras
tanto, se esforzaba por tomar el pincel, mas sus esfuerzos eran
en vano pues no tenía la fuerza necesaria en sus manos.
De pronto su médico le dijo sin ningún rastro de
compasión: "Glen esto no es tan malo, entiende que
tú no tienes fuerza en las manos, pero tu cuello hacia
arriba, sí. Pinta con los dientes". Glen se rió
de las palabras del médico y le pidió que lo dejase.
El médico replicó: "¿Crees que la gracia
de Dios para ti se limita solamente a tus dedos? Un pintor es
grande no en sus dedos sino en su corazón, en su alma".
El médico salió del cuarto y sus palabras comenzaron
a abrirse paso con fuego en la mente de Glen. Fue entonces cuando
tomó el pincel con sus dientes y comenzó a dar
pinceladas lentas y penosas al principio. Trabajó con
deliberación y determinación, deteniéndose
incluso algunas veces para limpiar sus pinceles; por fin terminó
su primera pintura. Era cruda y desigual mas vibraba con significado,
una escena pastoral apacible con montañas, un arroyo y
árboles coloridos estaba ante él. Y ahora Glen
está dispuesto para regresar a su casa. Después
de cinco años en el hospital, su primera preocupación
era cómo pagar las cuentas enormes del hospital y los
médicos. El salario de su padre en los astilleros de la
armada era escasamente para alimentar a su esposa y a cuatro
hijos menores, no obstante, su seguro cubriría el 50 por
ciento de las deudas acumuladas que ascendían a US$10,000.00,
que para ese tiempo (1956) era una gran suma en Estados Unidos.
Glen se inscribió en una escuela de pintura y ganó
una beca de 3 años, y la esperanza abrió sus brazos
compasivos para recibirlo. Se superó muchísimo
y expuso sus cuadros antes de terminar la escuela. Cuando se
cerró la exhibición, había vendido más
de 20 pinturas por un total de US$1.200.00. Esto fue sólo
el principio. En cosa de meses se habían vendido 150 de
sus pinturas. Así pudo pagar sus cuentas y librar a su
familia de deudas y mejorar su modo de vida. Se casó con
la enfermera Jean Rogers. Desde ese momento Glen dijo: "Soy
un hombre feliz y he vuelto a tener fe en Dios y en mí
mismo".
Triunfó porque creyó en Dios, en sí mismo
y porque decidió renacer entre sus propias cenizas. Dejó
de quejarse y comenzó a realizarse rompiendo las barreras
que le habían impuesto sobre todo en su mente y que le
impedían alcanzar sus metas. ¿Qué le pasa
a usted? Dígame sinceramente, ¿usted está
como Glen, su situación es parecida a la de él?
Usted está mucho mejor que Glen y tiene más posibilidades.
¿No le parece que usted podría emprender una vida
mucho más plena, si en verdad amara la vida pero seriamente?
¿No le parece a usted que ya es tiempo de decir se acabó
este sueño, voy a despertar y voy a decirme a mí
mismo yo puedo y seguiré adelante porque hay tanto que
hacer. No le eche la culpa de su situación al ambiente,
a la circunstancia, que aunque sean adversas, nunca serán
tan adversas como el caso de Glen. Diga que puede hacerlo porque
cree en la fuerza infinita de Dios. Si todos comenzamos a trabajar
a nuestra plena capacidad, este mundo sería mucho mejor.
Empiece ahora sin mielo, porque el poder para hacer llega con
el "hacer". Ciertamente necesita creer de verdad que
se puede e inmediatamente se activan fuerzas internas que conectan
con el poder divino. Usted puede ser uno de esos hombres que
admiramos por luchar y lograr sus metas. Todos tenemos que luchar
para transformar este mundo en un mundo mejor y con Dios es posible,
con El podemos triunfar, con El todo en verdad se puede realizar
porque ¡Con Dios somos invencibles!...
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