FAMILIA

UN MENSAJE A LA CONCIENCIA
Tres filosofías de la vida

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Por Hermano Pablo
California

Hacía mucho calor ese día en la ciudad de Guatemala. Todo invitaba a tomar un refrescante baño. Así lo entendió un ciudadano guatemalteco de unos treinta y cinco años de edad que estaba agobiado por el calor.

¿Qué hizo? Se quitó la ropa, se zambulló en el agua fresca y se mojó de pies a cabeza. Sólo que no era la piscina del centro deportivo de la ciudad, sino la fuente pública, frente a la Casa de Gobierno en la Plaza Mayor. Desde luego que fue arrestado por conducta licenciosa.

Muchos viven en este mundo según una de las siguientes tres filosofías de la vida. La primera es vivir como mejor a uno le guste, aunque eso signifique ofender, humillar o hasta matar a otro. La segunda es vivir cómodamente, haciendo caso omiso de los demás, dejando que los otros, como puedan, se cuiden a sí mismos. Y la tercera: vivir uno su propia vida, pero pensando cómo puede también ayudar a los demás. Este espíritu altruista y servicial es, por supuesto, la mejor filosofía. Es la filosofía cristiana.Entre las parábolas que pronunció Jesús tenemos la del «buen samaritano». En ella se destacan con toda claridad esas tres filosofías. Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y fue asaltado por ladrones. Estos eran los que practicaban la primera filosofía: vivir como mejor a uno le guste, aunque eso ofenda a los demás.

Al poco rato un sacerdote y un levita pasaron junto al herido. Lo vieron en su agonía, pero siguieron su camino indiferentes, sin importarles nada lo que le ocurría al prójimo. Estos dos ilustran la segunda filosofía: vivir uno su propia vida, dejando que el otro, si puede, se cuide a sí mismo.

Por fin pasó por el lugar un humilde samaritano. Este hombre, movido por la misericordia, puso en práctica la tercera filosofía. Ayudó al herido y se hizo cargo de él. Esta es la verdadera filosofía cristiana.

Jesucristo vivió, y sigue viviendo, en la vida de sus verdaderos discípulos que practican la tercera filosofía: «Vivir, y ayudar a vivir.» Si nuestra religiosidad no nos convierte en mejores personas que el sacerdote y el levita de la parábola de Jesús, nuestro cristianismo es falso. Pero si nuestra vida es motivada y dirigida por Cristo el Señor, imitaremos el ejemplo del buen samaritano.

Seamos cristianos en el verdadero sentido de la palabra. Para lograrlo, hay que permitir que Cristo viva en nuestro corazón y tome control de nuestra vida. Seamos discípulos de Cristo.

 

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