Sábado 29 de agosto de 1998

 








 

 

FAMILIA
Los adolescentes, porvenir de la humanidad

(Tomado de Semana)

Son numerosos los factores que de manera conjugada, hoy más que en el pasado, impulsan a los jóvenes a tener relaciones sexuales antes del matrimonio, con importantes consecuencias para su salud y su bienestar en el plano psicológico, físico y social.

La adolescencia, transición entre la infancia y la edad adulta, es un periodo de formación para la vida en todas las sociedades. Es una época en que se inician pautas de comportamiento y relaciones que van a repercutir en el individuo, la familia, y la sociedad a lo largo de la vida. Cada vez más autónomos, los jóvenes eligen con mayor libertad lo que comen, los riesgos que corren, el consumo de tabaco, alcohol o drogas, su higiene personal y, tal vez lo más decisivo para su desarrollo, la manera de abordar su sexualidad, que forma parte integrante de la experiencia de los adolescentes en todas las sociedades.

A escala mundial, el crecimiento de la población depende en grado considerable de la voluntad y el comportamiento de cada hombre, cada mujer y cada pareja. La adolescencia, que es cuando empieza la capacidad de procrear, es una edad crucial cuyas pautas de fecundidad serán de gran trascendencia para el crecimiento demográfico a largo plazo, así como para la supervivencia, la salud y la condición de cada individuo, en especial de la joven madre y de su hijo. Las relaciones sexuales sin la debida protección en la adolescencia, además del riesgo de embarazo, exponen a ambos sexos a las enfermedades de transmisión sexual, incluido el SIDA.

En las últimas décadas se han producido cambios importantes que han influido en el comportamiento sexual y reproductivo, con todas las consecuencias que ello acarrea para los adolescentes y adultos jóvenes, es decir, los individuos de 10 a 24 años de edad. Más de la mitad de la población mundial tiene menos de 25 años y el número de personas de 10 a 24 años asciende a más de 500 millones, el 80% de las cuales viven en los países en desarrollo. Esta tendencia se va acentuando, de forma que en el año 2000 el 86% de los menores de 25 años se hallarán en esos países, según las previsiones. Al propio tiempo, las grandes urbes se hallan en rápida expansión, especialmente en el Tercer Mundo. En 1950, el 17% de la población de los países en desarrollo vivía en zonas urbanas, porcentaje que podría ascender al 45% de aquí al año 2000. Los jóvenes que buscan trabajo, o un modo de vida diferente, migran a las ciudades, a menudo a suburbios casi del todo carentes de las infraestructuras sanitarias o sociales indispensables para atender sus necesidades.

En no poco países que se están empobreciendo económicamente, esa transformación entraña asimismo una mayor presión en materia de enseñanza, formación, empleo y vivienda. Esto crea un enorme estrés psicológico y material para los jóvenes y sus familias, además de la dislocación familiar que esas migraciones suelen traer consigo. La disminución del tamaño y de la autoridad de la familia, que en las ciudades se halla expuesta a modos de vida muy alejados de los hábitos rurales, figura entre los factores importantes que contribuyen a modificar el comportamiento de los jóvenes.

 

 

 

 


 

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