El actual período democrático panameño surgió luego de la cruenta invasión de 1989. Ese mismo año la sombra del comunismo, en sus diferentes interpretaciones, dejó de gravitar sobre nosotros y sobre la mayoría de los países de occidente.
Además, el capitalismo se agigantó y cubrió lo que antes era un inestable escenario de conflictos ideológicos. Después de ese momento, la marcada interferencia de Estados Unidos en nuestros asuntos internos adquirió un bajo perfil, porque los intereses del coloso anglosajón se vislumbraron en otros ámbitos.
Aquellos motivos de enfrentamiento no existen. Sin embargo, los macabros aspectos del hambre, la pobreza, la injusticia, el desempleo y otros atroces demonios continúan atentado contra la libertad e impiden encontrar soluciones que eviten el retroceso hacia las luchas de clase y sus funestas consecuencias.
A pesar de haber vuelto el sistema pluralista, participativo y de consulta, podríamos decir que el enfrentamiento tan temido entre dos polos ideológicos opuestos ha dado paso a la pugna democracia contra democracia.
El país reclama un sistema judicial imparcial, expedito y certero. De esta imperiosa necesidad sobresalen dos posiciones: la de quienes exigen el respeto por la forma y los que apuestan por la importancia del fondo.
Todo esta parafernalia parece ser un abierto enfrentamiento entre fuerzas eminentemente democráticas y evidencia las dificultades de establecer puntos de concordancia para superar estos conflictos.
Nos preocupa que este obstáculo promueva salidas peligrosas que después lamentaríamos, sobre todo cuando la lógica indica que debe imponerse el diálogo y la negociación.