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INQUIETUDES
Batuteras

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Antonio DiazAntonio Díaz
Crítica en Línea

Era una negra linda, con el perfil mítico de los dioses egipcios: el labio inferior grueso, pero blando, signo de las expertas besadoras; la nariz lisa y pequeña, de la que salía tibio cual bálsamo hacia mi mejilla un aliento embrujador cuando apretaba su boca a la mía; y como adorno de los ojos, lucía negrísimas un par de cejas poblabas y unas pestañas gruesas y arqueadas como alas de halcón, lo que le daba a su mirada el tono misterioso de las mujeres fatales. Como no sabía de eso, me enamoré porque todo lo bonito lo llevaba bien puesto sobre el lienzo marrón de una iluminada cara de pascua.

Fue en el Cerro Ancón. Me atrapó en el mirador más oculto por el follaje. Yo no llegaba a las 110 libras y me veía más pequeño aún junto al corpachón de esa mujerona seis pulgadas más alta.

La fricción con mi famélica humanidad de sus muslos duros, como tallados en ébano, y su galano regazo (que quedó al aire en un santiamén), me empezó a matar sin tregua desde el primer segundo. Toda ella se movía como posesa, epiléptica, y me fue atrapando en una danza de candela que no acabó en violación porque ella se asustó con las voces de los otros, quienes aparecieron por el sendero, y evitaron que un mojigato se iniciara antes de tiempo en "las cosas del amor".

Este pasaje lo he recordado mucho en estos días, al darme cuenta que mi hijo está creciendo demasiado rápido. Frente a mis ojos va dejando la piel de niño en los rincones de la casa, y se dirige como un bólido a la adolescencia. No me está dando tiempo para entrenarlo, para hablar "de esas cosas" (la cocaína, por ejemplo). Creo que debo prepararlo para llorar, y para que no siga creyendo que la vida es color de rosa, y se estrelle con la áspera verdad. De paso debo decir que la batutera se fue con otro más grande y ducho en esos asuntos de "fricciones corporales", y me rompió el corazón.

Ya que yo no las tuve, quisiera darle a Eduardito todas las armas para la batalla de la vida y, como los asistentes en la esquina del boxeador, ayudarle a ganar cada "round" mientras hago sombras en el "ring side", esquivando los puñetazos que le lancen a él, como si fueran para mí. Quiero adiestrarlo, entre otros, para sustos como el del Cerro Ancón, y la desilusión que vino después, sin descalabrar sus valores como ciudadano, como cristiano.

Caramba, no sé qué hacer... ni cómo.

No quiero que llegue donde estoy yo, y se dé cuenta con dolor (¡cómo yo!) que la vida es tan corta y simple; que hay ideales que inflaman los días soleados de la adolescencia, pero pesan y remuerden a edades más tardías, porque no se cumplieron; que hay que levantarse obligatoriamente cada día para buscar el pan a los hijos, y ellos no aceptan excusas. Quiero capacitarlo para todo, sin que sufra mucho.

Tal vez estoy equivocado y debo dejarlo que tropiece con su propia piedra, y que le duela. Quizá debo preocuparme más por mis dos hijas, quienes ya me dieron la sorpresiva noticia: ¡quieren ser batuteras!


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El cantante Fernando Fernández alterna con un grupo de damas en el Cabaret Rialto

CREO SER UN BUEN CIUDADANO

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