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Domingo 24 de octubre de 1999


EDITORIAL
Naciones Unidas

Hoy la Organización de Naciones Unidas, ONU, cumple 54 años de existencia. El saldo de todos estos años de gestión puede ser positivo o negativo, dependiendo de cuál lado escoja el analista para mirar la tragedia que sacude al planeta Tierra. Sí, el mundo ha avanzado mucho desde los aciagos días de octubre de 1945, cuando se fundó el organismo después de la Segunda Guerra Mundial; hay más riqueza, el hombre llegó a la Luna, los niveles de producción tecnológica son asombrosos, y se redujeron las posibilidades de una conflagración atómica como en aquella época se concebía.

Sin embargo, hay más pobres.

Ese es el lamento que hay que dirigirle a la ONU. Los dirigentes políticos del mundo no han sabido detener la pobreza que está orillando a los campesinos y los obliga a recurrir a la producción de subsistencia insostenible, lo que hace que aumenten los riesgos de desastres naturales. No es casualidad que más del 90 por ciento de las víctimas de los desastres que ocurren en todo el mundo vivan en los países en desarrollo. Y los países ricos sólo se dedican a mirar y a enriquecerse más. Así de simple, porque los humanos han demostrado que aplican mejor que las bestias la ley de la selva.

Si lo que se buscaba al fundar esta megainstitución era fomentar un contexto de paz, bien podemos decir que el intento fue inútil. Pero ¿de quién es la culpa de este fracaso? ¿Quién controla los hilos tras bastidores y siembra las discordias e injusticias que provocan la guerra y los desastres? ¿No son precisamente esas grandes y poderosas naciones que se autoproclaman como defensoras de la paz?

En su informe anual correspondiente a este año, el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, da cifras escalofriantes de lo que está ocurriendo en el mundo en materia de combates armados y desastres naturales. Dice Annan que en el decenio de 1990 en el mundo han ocurrido tres veces más desastres que en los años sesenta. No obstante, los fondos para prestar asistencia a las víctimas de estos casos de emergencia se han reducido en un 40%. ¡Indigna verdad que refleja el alma dura y fría de la raza humana!

La comunidad no responde de forma coherente a las situaciones de emergencia humanitaria, dice Annan. Pone un ejemplo fácil de entender: La crisis de Kosovo. Según él, y acierta al decirlo, los grandes medios de comunicación (controlados por unos pocos poderosos) saturaron a la audiencia con el tema, mientras que la guerra entre Eritrea y Etiopía, que fue más prolongada y causó más víctimas, y la reanudación de la salvaje guerra civil en Angola, apenas recibieron atención de las agencias de prensa. ¿Y todo por qué? Porque los pobres de África no son estratégica ni económicamente importantes.

Hoy es un buen día para reflexionar y buscar salidas. Todavía estamos a tiempo para dejar de caer en el abismo de la indiferencia, y podríamos empezar a usar a la ONU no como una herramienta de control de poderosos sobre pequeños, sino como lo que siempre debió ser: un legítimo baluarte de la justicia.

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