Las imágenes rupestres en las cuevas de Altamira, las carreras maratónicas de los helechos antiguos, las hogueras humeantes de nuestros ancestros aborígenes y las palomas mensajeras en los albores del siglo anterior; todo involucrando el deseo ferviente acariciado por el hombre desde el primer instante en que pisó el planeta Tierra, manteniendo el firme ideal de sostener un sistema de comunicación, en obediencia a la época en que le tocó vivir.
Hoy, el teléfono vibrante, el satélite receptivo y el Internet expresivo nos ponen en contacto con el inestable y cambiante mundo actual. La comunicación nació con el fin de tener al individuo en núcleos mancomunados, sin importar las distancias, respondiendo al razonamiento en espiral consecutivo en busca de la total perfección. Algunas personas poseen masas encefálicas selectivas, prisioneras de las primorosas palpitaciones que puestas en marcha, provocan el estremecimiento del enorme y violento corazón del mundo.
El hombre con talante avanza expresando lo que piensa, siente y quiere. ¡Ay del que tenga sus ideas acaparadas por monólogos indefinidos, tendrá que fenecer necesariamente de una congestión de neuronas arremolinadas y enfermizas en efervescencia de extraños malabarismos!
¿Qué hacemos con un pueblo de mudos con cintas adhesivas plegadas a sus labios mostrando síntomas de callar para siempre? Esta es la definición de nuestros anhelos, la conculcación de nuestras ambiciones, caminando de la mano en retroceso con grupos de pigmeos castrados sin sensibilidades, ni virilidades agresivas. Excelentísimo presidente de la República, Martín Torrijos Espino, sólo comunicándonos correctamente, podemos vivir en paz con los demás. Gracias por eliminar las leyes mordazas, baldón perturbador y pesado que llevábamos sobre las espaldas todo el conjunto de hombres y mujeres honestos y abnegados de la pluma.