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En esta comunidad, las viviendas estaban separadas unas de otras por montes, y serranías; o sea que se vivía bastante aislados unos de otros.  |
Una familia con dos hijos vivía muy feliz en la campiña de Azuero; pero una tragedia, acabó con tanta felicidad.
Estos esposos vivían de lo que producía su pequeña hacienda. Lo fuerte de ellos para subsistir, era la crianza de puercos en chiqueros, alimentados por desperdicios y sobras de comida que recogían de sus vecinos y amigos.
En esta comunidad, las viviendas estaban separadas unas de otras por montes, y serranías; o sea que se vivía bastante aislados unos de otros.
Un día el hijo mayor Juliancito, de 9 años fue con su padre Julián a ayudarle en la crianza de los puercos. Mientras que Miguel, el menor de 5 años, se quedó con su mamá en la casa de quincha y rejas.
Cuando Julián llegó al chiquero con su hijo, le explicó que ese día se dedicaría a castrar unos seis puercos, conocidos como "berracos", que es así como se les dice en el campo a los cerdos que no han sido castrados.
Julián inició la faena, con otros colaboradores, castrando a los berracos. El niño muy atento observó con dedicación todo, desde la atrapada a los puercos, la maneada y como hacían con filosos cuchillos cortaban de tajo y con mucha destreza los testículos de esos animales.
Terminada la faena Juliancito le preguntó a su padre por qué le habían cortado los testículos a los cerdos; y si a ellos eso no les dolía.
A estas interrogantes, Julián tuvo que darle una explicación. Le dijo que a los cerdos eso no les dolía porque ni siquiera lloraban. Además que estando castrados crecerían más fuertes, bonitos, grandes y lozanos, para cuando los llevaran al matadero les rindiera mucho más dinero, que aquellos que no son castrados - le explicó.
En una ocasión, Juliancito escuchó a su madre Lina regañar fuertemente al pequeño Miguel; porque no quería comer. Le dijo que estaba quedándose enanito y muy flaco, que si no comía podría enfermar hasta morir. Todo eso lo dijo su madre para hacer que comiera.
Un día Lina se fue a lavar a la quebrada, donde acostumbraba a lavar la ropa y a bañarse con sus dos hijos, a los que se había llevado ese día.
Cuando estaba lavando aguas abajo, de repente vio cómo la corriente de cristalinas aguas, se convergía en color rojo carmesí. Muy asustada, y sin poderse imaginar el motivo de cambio de color del agua, subió corriente arriba; y lo que vio fue lo más horroroso que hubiese visto jamás. Juliancito con un filoso cuchillo en mano, y aún destilando sangre; le dijo que había castrado a su hermanito Miguel para que creciera fuerte y gordo, como hacía su papá con los puercos el otro día. Le había cercenado los testículos a Miguel, quien yacía muerto en un charco de sangre sobre una piedra de la quebrada, aquella mañana de 24 de julio, selló por y para siempre la felicidad que reinaba en esta familia de la campaña azuerence.
Nota: este tipo de labores agrícolas no se debe hacer delante de niños, ni de menores de edad. |