La juventud panameña está amenazada por la delincuencia. La extrema pobreza, la falta de educación, la poca posibilidad de conseguir un empleo luego de graduarse en el colegio, son constantes presiones en contra los estudiantes que acuden a las aulas de clases a tratar de conseguir en los libros, un futuro mejor.
Por desgracia, la violencia callejera entre bandas y demás pandillas también llegó a las escuelas. La mejor estilo de los matones de películas, un grupo de facinerosos acribilló a un joven de 19 años en Colón, debido a las diferencias y rivalidades. Aquel hombre no tuvo oportunidad de superar la barrera del ghetto popular y cayó muerto en el centro de enseñanza.
La muerte de Alonso Wright en el salón de clases del Instituto Profesional y Técnico de Cativá es una clara advertencia de que estamos perdiendo la lucha para sacar a los chiquillos del vicio, de la vagancia y su inclusión en grupos pandilleros. Panamá parece seguir el mismo paso que casi toda Centro América, inmersa hoy en la vorágine de la guerra contra los "Maras", las poderosas organizaciones delictivas nacidas de esos pandilleros latinos que fueron expulsados de Estados Unidos, porque tampoco allá les resultó el "Sueño Americano".
No más hay que observar las cifras alarmantes del aumento de la criminalidad en nuestro país. Cerca de 95 bandas delictivas están organizadas en el territorio panameño.
No pensemos que sólo con meter presos a los pandilleros se acaba el problema. Recordemos que cuando el joven delincuente entra a una prisión, es casi seguro que el chico se convierta en un ladrón profesional, además de una carga para el Estado y su comunidad.
Es hora de hacer algo para frenar el ciclo delictivo juvenil y esto es a través de métodos inclusivos.