Si bien es una de las cosas más difíciles de vivir, es también una de las más típicamente cristianas: se trata del perdón. Las lecturas que se proclaman en la liturgia de este domingo insisten en la necesidad y grandes ventajas que trae consigo el perdón. Por supuesto, Dios en persona es el ejemplo máximo de perdón, por eso en Él debemos inspirarnos y a Él debemos pedir la ayuda necesaria para poder perdonar.
El Perdón sin Límites:
Las palabras de Jesús en el evangelio de este día presentan las razones más profundas que han de motivar nuestro compromiso de perdonar a quienes nos han ofendido. A través de la parábola, el Señor nos enseña, ante todo, que cada uno de nosotros ya ha experimentado la grandeza del amor y del perdón de Dios. La experiencia de tal gratuidad y misericordia es la que debe llevarnos a un más generoso perdón de los hermanos. Aquello que nos perdonó Dios es infinitamente mayor a aquello que podamos perdonar nosotros a nuestros semejantes, por eso se comprende que no sólo siete veces, sino siempre debemos perdonar.
En la medida en que tengamos más experiencia de haber sido amados y perdonados por Dios, en esa misma medida nos sentiremos más capacitados para ofrecer el perdón a nuestros hermanos. Ser mezquinos en el perdón, nos pone en el grave riesgo de no disfrutar del gozo de ser perdonados por Dios. Y el perdón no debe ser de mala gana, como obligados a la fuerza, sino con gusto y de corazón, porque eso es lo que agrada a Dios y lo que mayor paz y felicidad produce en nuestro interior.
Revista Vida Pastoral - Sociedad de San Pablo #119 - Septiembre 2005
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