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Un poco de comprensión solicitamos a los amables lectores de esta columna semanal, porque hoy no nos referiremos a los acostumbrados temas sobre el cooperativismo. Dos acontecimientos, casi simultáneos, ocurridos durante la semana, no nos permiten pensar en algo diferente. Iniciando la semana, el lunes, recibimos la triste noticia de la muerte del amigo y colega Hollis Robinson. Inmediatamente vinieron a nuestra memoria los recuerdos del colega, con quien compartimos horas de trabajo, por allá por los años '50 en el, hace muchos años desaparecido, diario "El Siglo".
Junto con Jorge Turner, el poeta Jorge Artel (q.e.p.d.), Ramón Jiménez y yo, Hollis Robinson nos mantenía bien informados de lo que acontecía en el mundo de la farándula. No pocas veces lo acompañamos en su recorrido nocturno, para conocer la, o las, fuentes de sus informaciones. Un trabajo que compartíamos con mucho placer.
Ese fue el inicio de una larga amistad que se prolongó en el tiempo, hasta cuando llegó la triste noticia de su desaparición física. Hoy sólo nos queda el recuerdo de un Hollis Robinson alegre, despreocupado ante las vicisitudes diarias, pero siempre con el ferviente deseo de vivir para informar todo lo relacionado con la farándula. Hollis, ¡amigo!, tu recuerdo vivirá por siempre en nuestra memoria hasta cuando nos encontremos nuevamente.
El martes, en horaS de la madrugada, otra impactante noticia acentuó nuestro dolor. Había muerto doña Manuela Aizpú de Castro, nuestra querida suegra, una respetable dama natariega, que al decir de ella "sacudió las cutarras" para venir a vivir a la capital y unir su vida a todo un caballero colombiano, muy emprendedor, don Ignacio Castro Perea.
Casada con don Ignacio, quien se inició en Panamá como constructor; fue pionero en la empresa de diversión para niños, los famosos "caballitos". Dueño de varios famosos "toldos" durante los carnavales y creador de los famosos bailes de antaño, Manuela fue la permanente compañera y soporte de todas esas actividades. Ello no fue impedimento para que ella trajera al mundo doce hijos y junto con otros seis, contribución aparte de don Ignacio, los criara y educara dentro del seno de una gran familia, entre los que se encontraba, por supuesto, María del Rosario, hoy mi inseparable compañera. El miércoles en la tarde, a las dos, en la Iglesia de Santa Ana, despedíamos a Hollis Robinson.
A las tres, en ese mismo recinto sagrado, despedíamos a Manuela. A esa hora escuchamos a cientos de personas pronunciar la palabra "resignación", para tratar de mitigar un poco el dolor de hijos, nietos y demás familiares de doña Manuela. Pero tanto hijos como nietos sabían ante el dolor, y nosotros también, que habían devuelto a Manuela, en su ocaso, el beso con que ella los recibió cuando nacieron y felices porque en su vejez pudieron sostener aquellas manos que los guió desde el umbral de sus vidas. ¡Descanse en paz |