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Hay que alabar a Dios

Rómulo Emiliani | Monseñor

En este mensaje al Corazón le decimos que si quiere ser feliz debe orar. Orar es alabar a Dios, darle gracias, pedirle con fe, es escucharlo. El Señor tiene tanto que decirnos. Y la oración es fundamental para que usted sienta poder en el Espíritu y paz en su alma. Dedíquese a la oración personal todos los días. Honrar al Señor implica darle un tiempo de calidad, para entablar un diálogo de amor con el que es el dueño de su vida.

Quiero referirme ahora a una de las más bellas oraciones, la de alabanza. En ella al contemplar la belleza del Corazón de Dios, la persona no puede menos que alabar de manera espontánea, poética, la grandeza de sus atributos infinitos, como su sabiduría, su poder, su misericordia y amor.

El salmista contempla la creación y dice: "Los cielos cantan la gloria de Dios" (Salmo 19) y el salmo 8, 4ss: "Cuando contemplo tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿ qué es el hombre para que te acuerdes de él...? El salmista sabe apreciar lo que El ha hecho y por eso exclama en el versículo 2" Señor dueño nuestro, ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!. Quiero adorar tu Majestad sobre el cielo...". ¡Qué hermoso saber que todo fue creado para nosotros!

Nosotros podemos elaborar nuestros propios salmos de alabanza y acción de gracias, para recitarlos de memoria, haciendo muy personal nuestra oración.

Siempre respetando y leyendo los salmos inspirados, que son revelación, también podemos de manera humilde redactar nuestras alabanzas poniendo hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto la mano poderosa del Señor. ¿Sabe usted que somos peregrinos, caminantes hacia la Tierra Prometida que es cielo y al igual que Israel, debemos recordar, conmemorar, celebrar todo lo que ha hecho Dios en nuestras vidas?. Así lo hacemos en la Iglesia en torno a la Eucaristía, donde actualizamos por pura gracia de Dios el misterio de la Redención del Señor y en una gran Acción de gracias en torno a Cristo, como adoradores en Espíritu y en Verdad, alabamos su grandeza y misericordia participando del banquete celestial.

Alabemos siempre al Señor y recordemos que El Señor nos ama, Dios nos bendice, y ¡CON EL SOMOS INVENCIBLES!.



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