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CUARTILLAS
Enfermos

Milciades
A. Ortiz Jr.
Colaborador
El joven de seis pies
de altura y más de doscientas libras, se me acercó
con rapidez. Quedé congelado y me puse a la defensiva,
porque recordé que había fracasado a ese estudiante
el semestre pasado.
En realidad, el profesor no fracasa al alumno, sino que
solamente pone la nota que él se ha ganado. "Yo no
fracaso, Ud. mismo se fracasa", digo a mis alumnos a principio
del curso. Tengo por costumbre darle muchas oportunidades al
joven para que mejore notas y aprenda. Por ello no es de extrañar
que en materia de redacción de noticias, haya al final
del semestre veinte notas.
"Quien me fracasa luego de veinte exámenes es
un tarado o un gran irresponsable", suelo señalarle
a los alumnos cuando comenzamos el semestre y se ponen en claro
"las reglas del juego". Por lo general hay pocos fracasos,
y cuando tengo que poner esa mala nota, lo hago sin remordimiento
de conciencia, pues di todas las oportunidades posibles.
Pero, el mencionado alumno había fracasado y sabiendo
su personalidad errátil, mi conciencia me indicó
cuidado ante una posible agresión. El pareció sentir
esa situación, porque de inmediato señaló:
"No tema profesor, que no le voy a hacer nada. Yo sé
que Ud. me fracasó, pero yo tuve la culpa porque las mujeres
no me dejan en paz, me persiguen a cada momento, por todos lados.
Tengo que salirles huyendo.."
Me reí porque nuevamente escuchaba el cuento de que
las mujeres perseguían al citado estudiante, que pienso
sufre trastornos mentales. Por ello le dije:
"Debes sentirte feliz de que las mujeres te persigan,
porque hay otros muchachos que se quejan de que no pueden conseguir
novias".
Y le agregué que yo no era el único profesor
que lo había fracasado, pues supe que otros dos también
le pusieron la nota más baja. El joven, con el cabello
teñido de tres tonos, movió la cabeza y masculló
un comentario que no escuché. Luego se retiró rápidamente.
Conozco por lo menos dos casos más de alumnos que
considero con trastornos mentales, que han estado en mi salones.
Uno de ellos tenía la costumbre de asistir la primera
semana y la última. Luego se molestaba cuando le negaba
el examen final por ausencia. Inventaba muerte de tías
y otros cuentos ante las autoridades.
Otro alumno llegó a ser cuadro de honor... mientras
no le diera una crisis nerviosa que lo recluía en el Hospital
del Seguro por semanas. Tenía certificación médica
de su enfermedad mental.
¿Y los profesores? Bueno, conozco por lo menos dos
casos de colegas que mostraban una actitud fuera de lo común.
"Están rayados", dicen algunos jóvenes
al referirse a personas con problemas mentales.
Uno de ellos lo escuché una vez en un pasillo gritar
que el decano lo quería matar, dándole materias
difíciles para provocarle un infarto. Tenía los
ojos muy abiertos, hablaba sin parar y la mirada era de un enajenado.
Hablé con colegas para enviarlo a un psiquiatra, pero
nadie se atrevió a hacerlo.
Supe de una profesora que "le hizo la vida de cuadritos"
a su decano, presentando demandas criminales por intento de homicidio.
Sostenía la profesora --llena de títulos y estudios--,
que su decano conspiraba para matarla y usaba las asignaciones
de materias. Enviarla, por ejemplo, al interior del país
(cosa que hemos hecho la mayoría de los profesores antiguos),
tenía como fin que sufriera un accidente de tránsito
y muriera.
Realmente no sé qué recomendar ante esos casos
de estudiantes y profesores con problemas mentales, producto
tal vez del estrés, las obligaciones, situaciones familiares,
angustias, etc. Pero de que los hay, los hay. A lo mejor pueden
ser un peligro para sus propios compañeros, y después
no irán a la cárcel por estar desequilibrados.
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