Todo comenzó, según cuentan las especulaciones de los más viejos que yo, cuando la Guardia Nacional perdió el control de organizaciones de nuestro fantástico mundo criollo como: La bolita, la lotería clandestina, las casas de cita, los puteros, cantinas, drogas, permisos de bailes, el manejo de las cárceles y de la misma institución como tal.
A mediados del siglo pasado los que explotaban los jugosos negocios al margen de la ley, estaban eficientemente marcados por la Guardia Nacional y se les daba tal seguimiento que no había posibilidad alguna de peleas entre pandillas y menos de balaceras. Con el advenimiento a nuestra historia del populismo torrijero, aparecieron peligrosas verrugas en el cuerpo de la patria, como algunos representantes de corregimiento y "revolucionarios" corruptos. Allí comenzó la desestabilización de la seguridad en las calles y pueblos de Panamá, sobre todo, porque los bellacos de la llamada revolución, podían pasar por encima de la Guardia Nacional dando permisos para cantinas y negocios afines, produciéndose en nuestros barrios populares; hileras de bodegas, casas de chinguias y tabernas en mayor número que las nubes de comejenes y mosquitos que irrumpen a mediados de mayo, trayendo como consecuencia un desastroso porcentaje de perdición y de otros vicios colaterales sin el suficiente control, arrastrados todos por el cáncer primario de las licencias y compadrazgos "revolucionarios" de todo tipo, que desde 1968 hasta 1989 nos gobernaron.
Pero las cosas se fueron complicando gravemente en Panamá en materia de seguridad, a partir de 1989.
Apenas cumplimos 100 años, estamos a tiempo, demos un frenazo, conformemos una constituyente y reorientemos el camino de esta vaina de apenas tres millones de habitantes, que por lástima, ya no sé cómo llamarla.