¡Maestro que perecemos!...y levantándose, increpó a los vientos y dijo al mar: ¡calla, enmudece! Y se calmó el viento, y se produjo una gran bonanza.
Algunas veces se levanta la tempestad a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Y nuestra pobre barca parece que ya no aguanta más. En ocasiones puede darnos la impresión de que Dios guarda silencio y las olas se nos echan encima: debilidades personales, dificultades profesionales o económicas que nos superan, enfermedades, problemas de los hijos o de los padres, calumnias, ambiente adverso, infamias...; pero "si tienes presencia de Dios, por encima de la tempestad que ensordece, en tu mirada brillará siempre el sol; y, por debajo del oleaje tumultuoso y devastador, reinarán en tu alma la calma y la serenidad".
Nunca nos dejará solos el Señor; debemos acercarnos a Él, poner los medios que se precisen...y, en todo momento, decirle a Jesús, con la confianza de quien le ha tomado por Maestro, de quien quiere seguirle sin condición alguna: ¡Señor, no me dejes! Y pasaremos junto a Él las tribulaciones, que dejarán entonces de ser amargas y no nos inquietarán las tempestades.
Si queremos ser apóstoles en medio del mundo, debemos contar con que algunos - a veces el marido, o la esposa, o los padres, o un amigo de siempre - no nos entiendan, y habremos de cobrar firmeza de ánimo, porque no es una actitud cómoda ir contra corriente. Habremos de trabajar con decisión, con serenidad, sin importarnos nada la reacción de quienes - en no pocos aspectos - se han identificado de tal manera con las costumbres del nuevo paganismo y están como incapacitados para entender el sentido trascendente y sobrenatural de la vida.
"Cristiano, en tu nave duerme Cristo - nos recuerda a San Agustín -, despiértale que él increpará la tempestad y se hará la calma"