Todos tenemos un padre, nadie nació de la nada. Pero, muchas veces, los rencores nos ganan la batalla, dejamos de quererlos por pequeñeces o, simplemente, lo hacemos a un lado para olvidarnos que existe.
Ésta es la historia de una gran parte de los padres que se encuentran recluidos en los asilos, con unas ganas infinitas de ver a sus hijos, conocer a sus nietos y decirles: "los extraño". Son estos solitarios progenitores los que se preguntan: ¿Por qué me hacen esto?, ¿fui tan malo así? Lo cierto es que no somos nadie para juzgar, debemos ser humanos y amar.
La terapeuta ocupacional en el Asilo Bolívar, Melisa Domínguez, dijo que los abuelitos sufren de depresión, ya que nadie los visita. Sus familiares aseguran que no los van a ver porque no tienen qué llevarles. "Ellos sólo quieren el contacto", dijo.
LO ECHAN DE SU CASA
Jorge, hace dos meses llegó al Asilo Bolívar. El día que lo entrevistamos era su cumpleaños número 66; se encontraba más triste que nunca. Sus hijastros le habían quitado su apartamento en Plaza Amador, y su única hija lo maltrataba.
Su historia es despeluznante. Asegura que desde niño, inició su sufrimiento. Su padre murió antes de que él naciera y su madre los abandonó para irse con otro hombre. Su abuelita, que lo criaba, murió cuando él tenía ocho años. Desde entonces, le tocó luchar para salir adelante. Era marino. "Gané mucha plata", manifestó, al igual que conoció muchos países, entre ellos África.
"A pesar de que no estaba con la madre de mi hija, le daba todo. Cuando me iba de viaje, le dejaba un cheque para ella y para mi difunta esposa".
Justo cuando Jorge nos trasladaba al viaje de sus recuerdos, unas lágrimas se asomaban en sus mejillas. No podía aguantar tanta tristeza, estaba cansado y deprimido. "Luego de haber criado a hijastros, a hijos de los hijastros y de haber amado tanto a mi hija, me pagan así", acotó.
Según él, desde hace varios años está enfermo. Su hijastro lo echó, y él se fue a vivir a Curundú con un hermano. Allá la casa le cayó encima, y unos clavos se le enterraron en el cuerpo.
Llegó al asilo, porque cuando salió del hospital su hermano le negó la entrada a su casa y no tenía para donde más ir. Jorge sueña con salir del asilo, quiere su libertad y disfrutar de sus seis nietos que su hija no les permite ver. Ese sería el mejor de sus regalos.
ACOSTUMBRADO A LA SOLEDAD
Un camión lleno de bloques le pasó por encima. Desde entonces, tiene los brazos fracturados, la columna y otras partes de su cuerpo. Patricio, de 73 años, pese a su soledad, conversa chistosamente.
"Estoy acostumbrado a estar solo", dijo. Pero no me convencía, sus ojos me decían otra cosa. Observaba a la terapeuta con un amor, como aquel padre que añora a sus hijos. Patricio es uno de los abuelos que no tiene visita, a pesar de tener cuatro hijos. Dos de ellos viven en Miami. Oriundo de Chiriquí, asegura que cuando mejore se irá del asilo, donde lleva dos años. Ya no aguanta estar encerrado sin familia.