Los miedos muchas veces tienen su origen en la realidad de las cosas que acontecen, pero hacen un daño terrible cuando por diversas circunstancias se convierten en una obsesión para el que los siente. Los miedos deforman la realidad cuando se experimentan irracional y obsesivamente y producen cierto desequilibrio y depresión. Cuando los miedos pierden su sentido real, se transforman en auténticos monstruos mentales que causan mucho daño.
En general, los seres humanos son mucho más irracionales de lo que piensan, porque muchas veces actúan sin razonar y sin discurrir. Cuando es así, la persona pierde la medida o magnitud de la realidad inicial y se produce una reacción obsesiva que daña el organismo. Las personas que sienten miedos los "viven" como si fueran realidad, lo cual los agota y destruye.
Los miedos también pueden provocar o anticipar acontecimientos negativos.
Realmente, es muy fácil cultivar miedos irracionales, ya que no hemos sido educados para vivir mejor, sino simplemente para adquirir más conocimientos y, algunas veces, hábitos que son en realidad dañinos. Como tampoco hemos sido evangelizados a nivel profundo y al no existir una base sólida - cimentada en el Evangelio - que dé fundamento a la sociedad, cualquier miedo irracional se puede introducir fácilmente en el alma.
El miedo al fracaso es el temor a no triunfar en una empresa determinada que nos hemos dispuesto a realizar en cualquier campo de la vida. Este miedo se produce muchas veces, porque la persona tiene una visión irreal de la vida, en la que piensa que todo le tiene que salir bien, que su camino tiene que ser amplio, tranquilo, cómodo, feliz y sin problemas. No concibe que en la vida pueda ocurrir algo negativo. Con esa manera de pensar, la persona no está preparada para el fracaso y cualquier cosa negativa que le ocurra se convierte en una tragedia.
El éxito servirá de estímulo para seguir adelante. La historia de nuestro Señor Jesucristo puede verse como un fracaso.
Pero de su "fracaso" brotó el éxito y esa es la gran lección de la Cruz de Cristo.
Del aparente fracaso de Jesús, que fue Su muerte en la Cruz, brotó el mayor triunfo: Su resurrección que venció a la muerte.