El Espíritu Santo, fuente de toda unidad, confiere al cuerpo de Cristo «dones variados» (1 Cor 12, 3), para edificación y fortalecimiento del mismo.
Así como el Espíritu Santo otorgó a los apóstoles el don de lenguas para todos los que se encontraban en Jerusalén durante el primer día de Pentecostés, pudieran oír y entender la única palabra de Cristo, ¿qué razón hay para que también nosotros no podamos implorar que ese mismo Espíritu Santo nos dé los dones que precisamos para proseguir la obra de salvación y para estar reunidos como un único Cuerpo de Cristo? En ello creemos y por ello rogamos, confiados en el poder que el Espíritu ha dado a la Iglesia en Pentecostés: «Envía tu Espíritu... y renueva la faz de la tierra» (Sal 104,30).
Con estas palabras del salmo dirigimos hoy nuestras plegarias de corazón a Dios Omnipotente, para que renueve la faz de la tierra en virtud del poder del Espíritu que da la vida. Envía tu Espíritu, oh Señor, renueva nuestros corazones y nuestras mentes con los dones de la luz y de la verdad.
Renueva nuestras casas y nuestras familias con los dones de la unidad y de la alegría. Renueva nuestras ciudades y nuestros países con la auténtica justicia y la paz permanente. Renueva a tu Iglesia en el mundo con los dones de la penitencia y de la reconciliación, con la unidad en la fe y en el amor.