Escenas como éstas, muchos las recuerdan de las películas del viejo oeste americano; sin embargo, en pleno siglo 21, aún se pueden ver en campos de nuestro interior, cuando decenas de dóciles equinos son alineados en largas filas mientras sus dueños realizan compras, reuniones; o están en misa o fiesta importante del pueblo más cercano de sus casas o aldeas; que a propósito están distantes de ciudades terminales.
El caballo para esta gente es su tesoro más preciado; les permite transportarse montaña abajo, y montaña arriba sorteando ríos, quebradas, precipicios, rajaduras que parecen gargantas profundas. Caminos resbalosos que transitan estas nobles bestias llevando en sus lomos preciosas cargas, ya sea alimentos, ya sea inocentes niños y niñas. No importa que allá abajo, a nivel del mar, los de las ciudades se peleen y lamenten por su bendito(¿?) petróleo; ellos saben que su medio de transporte se conforma con un puñado de fresca hierba del campo.
¡Qué ironía!...mientras en ciudades abundan los vehículos 4X4 (todo terreno); algunos no enlodarán sus ruedas jamás; porque jamás irán al campo. Pero eso no importa: "nuestro campesino se conforma con lo que tiene, y no desea lo que no es suyo". Por eso seguirá allá, montaña arriba sobre el lomo de su fiel corcel, ya sea bayo, pinto, fotingo, alazano o carato, cantando y salomando décimas y coplas por el camino cuando va llegando al bohío después de una fructífera jornada en su pequeña parcela de maíz, arroz, frijoles y yuca; feliz, porque lo esperan sus hijos y su mujer que con amor y cariño procederán a extraerle las espinas que se le clavaron en los talones durante el día de trabajo. Esta vida no la cambian por nada del mundo...eso se los puedo asegurar.